La amarga lección de los años de plomo
Un nuevo aniversario del golpe de estado de 1976 siempre es motivo para revisar el pasado. Para sacar de él lecciones que ayuden, sobre todo, a no repetir errores. Desde que la historia siempre ha sido maestra de la vida.Inteligir el significado de épocas pretéritas siempre obliga a no olvidar nunca el contexto axiológico en que sucedieron los hechos. En este sentido, se podría decir que la Argentina de los '70 estaba embriagada de violencia mesiánica.Videla y los suyos se creían los salvadores de la Patria. Habían desarrollado, como ha escrito Félix Luna, una posición golpista "que suponía, con sentido mesiánico, que las Fuerzas Armadas salvarían al país no sólo del terrorismo sino de los errores de los políticos civiles".Las aberraciones de la dictadura, en términos de violaciones a los derechos humanos, se incuban en esta mentalidad redentorista del país. Ellos, los uniformados, eran "la reserva moral".Y los ángeles guerreros, preservados en los cuarteles de la contaminación civil, vendrían a "limpiar" la suciedad de la Nación infectada. Para lo cual, si era necesario, no debían reparar en medios, como torturas y asesinatos."Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país", llegó a declarar el general Videla, en octubre de 1975, poco antes del golpe.Un dato no puede pasar desapercibido: ese mismo mes y año, un decreto presidencial, firmado por el gobierno peronista de Isabel Perón, había habilitado al Ejército para "aniquilar" al enemigo.En realidad, desde antes del golpe, grupos políticos diversos ya habían resuelto dirimir sus diferencias mediante el terror. La Triple A, símbolo de la derecha peronista, tenía su propio plan de eliminación de adversarios, para "salvar" al movimiento de Perón de la "infiltración marxista".Es decir, en la Argentina de entonces eran todos "salvadores". Lo era también la izquierda guerrillera, cuyo objetivo revolucionario consistía en hacer realidad la "patria socialista", para lo cual tampoco reparó en medios y de hecho optó por la lucha armada.El periodista Martín Caparrós, en su libro "La izquierda argentina", resumió los trazos ideológicos que guiaron a la guerrilla de la época, destacando su aspecto justamente "mesiánico"."Nadie va a la guerra gritando 'Tal vez'. Quizá por eso, desde siempre, los movimientos revolucionarios tuvieron que convertir el contenido de sus voluntades en verdades 'reveladas' u 'objetivas', cuyo cumplimiento estaba garantizado por la palabra de un dios o por el peso de una ciencia. Era el 'designio divino' o 'la marcha ineluctable de la historia' que aseguraba que el objetivo, tarde o temprano, se conseguiría y que el sacrificio no habría sido en vano".Jorge Lanata, en tanto, al hacer una evaluación de aquellos años de violencia, en su libro "Argentinos" -tomo 2- concluye que la "guerrilla (y esto podría extenderse a la izquierda orgánica e inorgánica en general) nunca creyó en la democracia ni tuvo a ésta como un fin en sí mismo. Sólo, y en contados casos, aceptaron la idea de la democracia como un 'medio' para ser utilizado en el camino hacia la revolución. La 'democracia burguesa' era para ésta una trampa".Pero, decimos nosotros, ¿quién por entonces en la Argentina tenía a la democracia por valor? ¿Quién estimaba el disenso, respetaba la opinión del otro y el diálogo, y por encima de todo privilegiaba la vida y la paz?El mesianismo político, en realidad, era la ideología perversa que estaba detrás de los grupos que disputaban poder, y que daba justificación moral a la eliminación física del adversario.
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