La ambigua actitud frente a la riqueza
La relación del argentino con el dinero es curiosa: lo desprecia al mismo tiempo que lo reclama con desesperación. Por otra parte, está instalado el estereotipo de que ser pobre es ser honesto y ser rico es sinónimo de deshonestidad.El contraste salta a la vista: entre todos los que proclaman su desprecio por el dinero -y lo que él simboliza en términos de espíritu de economía y la búsqueda del provecho- no hay carmelitas descalzas.No estamos en presencia de una renovación del espíritu evangélico. No, la crítica más acerba hacia el capital proviene de aquellos que lo tienen asegurado. De aquellos que tienen buen pasar.Y uno se pregunta: ¿cuántos de ellos estarían dispuestos a renunciar a las satisfacciones y a las facilidades que les proporciona el "sucio" dinero? ¿Cuántos se desprenderían de él, al estilo Francisco de Asís?En realidad aquí hay una mentalidad que atraviesa todos los estratos sociales. Hay una legión de gente que condena sin remisión la riqueza, pero lo hace dentro de una matriz de reivindicación materialista.Para decirlo de otra manera, esta gente desvaloriza la divisa cuando se trata del dinero ajeno, sintiéndose además, con cierto derecho a su pertenencia. En realidad esta actitud básica se ha hecho "ideología" entre nosotros.De ahí que desde el Estado se suele construir "consenso" alrededor del discurso de que la capacidad de hacer dinero se asocia a la avaricia, la delincuencia, la insensibilidad social y muchas cosas más.Pero paralelamente se insiste en la necesidad de generar riqueza para construir un modelo social de bienestar. Y entonces se instala una duda atroz: ¿puede un país, cuyos habitantes tienen esta creencia, generar el capital que necesita para su desarrollo?Una característica de la Argentina es que buena parte de su población mientras admira los niveles de desarrollo alcanzados por los países capitalistas, y de hecho aspira a vivir en uno de ellos, reniega de la riqueza.Otra duda: ¿reniega de la riqueza o de los sacrificios que se necesitan para alcanzarla? ¿No será que se procura el objetivo de vivir mejor, al nivel de los europeos por ejemplo, pero obviando el empeño para conseguirlo?Como sea, el dinero entre nosotros, como saldo cultural, está asociado a la inescrupulosidad y a la corrupción. En nuestras universidades estatales, por caso, los intelectuales "progres" se esfuerzan en considerarlo una vergonzosa supervivencia del egoísmo y del materialismo burgués.Vuelve la contradicción: esos intelectuales tienen buen pasar. Despotrican contra el capital apoltronados en firmes patrimonios.Quien parece haber dado un viraje en su concepción de la riqueza es el flamante presidente del Uruguay. El ex guerrillero tupamaro José Mujica, ya no aspira al modelo cubano sino al dinamarqués."Necesitamos gente que invierta y le tenemos que dar garantías porque va a invertir si tiene seguridad y tranquilidad, y si esa gente no invierte no le damos respuesta a aquellos por los cuales solidariamente más estamos preocupados, por el afán de repartir mucho y aceleradamente terminamos repartiendo menos", ha dicho.Este discurso no sólo no condena a priori a la riqueza sino que la alienta para lograr un estado de bienestar social necesario. "Si no multiplicamos riqueza todo lo demás es bla, bla, bla", dijo Mujica, al señalar que "talando las iniciativas económicas o frenándolas, no hacemos otra cosa que multiplicar el costo de las penurias que tenemos por delante".Nadie desconoce que la riqueza despierta sórdidas pasiones y que ciertos medios que se emplean para obtenerla son despreciables. Pero esto no alcanza para condenarla en sí misma.
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