CULTURA Y ATENCIÓN
La anestesia del spoiler permanente
:format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/01/la_anestesia_del_spoiler.jpeg)
Ya nada nos asombra porque todo nos llega antes de vivirlo y las experiencias terminan vacías de sentido. Es la era de la antesala perpetua de lo que podría ser, pero nunca en el instante que es. Consumimos en modo preview y en algún momento, sin darnos cuenta, perdimos lo que parecía imposible de perder: la capacidad de sorprendernos.
Desde el estreno del primer capítulo en el invierno de 2016, cada nueva temporada de Stranger Things la esperé con una ansiedad que ahora me cuesta explicar. Es una de esas series con una estética que me conectaba con ese pasado ochentero que tanto me gustaba. Cada lanzamiento era un evento: sabías que millones de personas iban a verlo al mismo tiempo, que durante semanas se hablaría de eso. Esa espera era ritual. Netflix soltaba los capítulos un viernes a la madrugada y el mundo se dividía entre los que ya habían maratoneado todo el fin de semana y los que todavía estaban a mitad de camino, esquivando spoilers.
El miércoles 31 de diciembre, como parte del cierre de la quinta y última temporada de la producción creada por los hermanos Duffer, liberaron el último capítulo. El lunes siguiente a la mañana, después de un fin de semana larguísimo y antes de que pudiera verlo, dos personas me lo spoilearon. Una por mensaje privado y la otra en un comentario de Instagram que leí sin querer mientras scrolleaba sin rumbo. Pensé en bloquearlas, en putearlas, en hacer algo. Pero la verdad es que me dio más bronca conmigo mismo por haber entrado a ese perfil sabiendo que muchos ya lo habían visto. Es como meter la mano en el fuego y enojarte porque te quemaste. Para el mediodía ya sabía cómo terminaba todo.
Cuando finalmente me senté a disfrutarlo esa noche, mi mirada ya no buscaba descubrir, sino verificar. No era una experiencia, sino el trámite de confirmar lo que ya sabía. Pero lo peor no fue eso, sino darme cuenta de que ya ni siquiera me molestó tanto. Como si una parte de mí hubiera aceptado, en algún momento de los últimos años, que así funciona la cosa y que el spoiler permanente es el precio que pagamos por estar conectados.
No sucede solo con las series, obviamente. Es con todo, pero me costó verlo hasta que empecé a prestarle más atención: consumimos información de múltiples fuentes antes del anuncio oficial, cada una con su propio spin y su indignación prefabricada. Y cuando llega el comunicado formal, la noticia no es tal. O esas anécdotas que te cuenta alguien en un asado y que ya escuchaste porque circuló por mensajes de voz antes de llegar a vos en vivo. Ahí estás, fingiendo sorpresa, porque socialmente es lo que corresponde, pero por dentro ya sabés el remate.
Solía pasar una cosa que ahora parece de otra época: ibas al cine sin saber de qué iba la película o comprabas un vinilo y lo escuchabas completo, sin haber leído antes qué decían los críticos, sin saber cuál era el hit que tenías que esperar. Ahora todo es contenido previo al contenido, capas y capas de información que te preparan para lo que vas a consumir antes de consumirlo. Hay trailers de trailers y análisis sobre situaciones que todavía no existen. Y uno termina funcionando igual: devorando sinopsis antes de decidir qué merece la pena, como si el riesgo de enfrentarse a lo desconocido sin saber qué esperar fuera demasiado alto.
Mi sobrino, de siete años, mira videos en YouTube y no los ve completos nunca. Salta a los treinta segundos. “¿Por qué no los ves enteros?”, le pregunté. “Porque ya sé si me va a gustar o no”, me dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Su lógica, imparable, me dejó helado: aprendió que la incertidumbre no es emoción, sino un error de carga, un tiempo muerto que hay que optimizar. No es culpa suya. Es lo que le enseñamos todos los días con nuestros propios hábitos: todo debe ser predecible, procesable y digerible en segundos.
Lo que me inquieta no es tanto la velocidad sino la anestesia que viene con ella, esa impermeabilidad adquirida que nos vuelve espectadores de nuestras propias vidas. Esa sensación de que nada te atraviesa del todo porque ya llegaste preparado, ya sabías más o menos qué esperar, ya leíste lo que otros sintieron al respecto. Es como ir a un recital habiendo escuchado tanto sobre cómo estuvo la noche anterior que cuando te toca a vos ya estás comparando en lugar de viviendo.
Alfred Hitchcock solía decir que el suspenso no está en la sorpresa sino en la anticipación: mostrar la bomba debajo de la mesa genera más tensión que hacerla explotar sin avisar. Pero eso era un recurso narrativo para construir ficción. Nosotros lo convertimos en filosofía de vida y vivimos en estado de alerta permanente sobre lo que viene en lugar de concentrarnos en lo que está pasando. Y después nos preguntamos por qué todo nos aburre tan rápido, por qué sentimos que nada nos conmueve como antes. No es que el mundo se volvió menos interesante, sino que nosotros nos encapsulamos frente a él.
El otro día volví a ver The Man from Earth, una película que me había impactado hace años. Ya sabía cada giro, cada revelación. Pero esta vez me quedé con todo ese tiempo muerto que en realidad estaba vivo porque te dejaba procesar antes de que llegara el siguiente estímulo.
Eso es lo que perdimos: ese espacio mental donde la experiencia se hace personal. No sé si se puede recuperar, pero al menos podemos reconocer que vivimos sin pausas y que sin ellas ya nada puede sorprendernos de verdad, solo hay ruido. Y en el ruido, todo suena más o menos igual.

