Editorial |

La aprobación ajena, motor de la conducta

¿Por qué somos tan sensibles a la aprobación de los demás? De igual manera, ¿por qué nos irrita todo desdén, toda negligencia, toda falta de consideración hacia nosotros?

“Humanos, demasiado humanos”, diría Friedrich Nietzsche, reprimimos todo el tiempo el lugar que ocupa en nuestra vida la opinión de los demás. Queremos dar a entender, en realidad, que nos basta lo que somos.

Pero apenas podemos disimular esa gran susceptibilidad ante la mirada ajena. ¿Somos acaso esclavos de la opinión y del sentimiento de los demás? Lo que los demás piensen de nosotros, ¿acaso no es lo más importante?

El reconocimiento y la aceptación por parte de los demás es una necesidad primaria. Esto lo vio como nadie el filósofo inglés John Locke, quien dijo que existían tres tipos de leyes: la divina, la legal y la ley de reputación.

La mayor parte de los hombres, señaló, le teme menos a los castigos por incumplimiento de los mandamientos religiosos o de las leyes del Estado que los que resultan de la negativa opinión ajena.

“Nadie que tenga el menor entendimiento o sentido humano puede vivir en la sociedad con la continua aversión y mala opinión de los familiares y las personas con las que trata. El peso es demasiado grande para poder sufrirlo”, escribió el inglés.

Por otro lado, el hombre es capaz de hacer esfuerzos inimaginables con tal de elevarse ante la opinión de los demás. Los que se dedican a la ciencia sucumben a esta tentación. “De nada vale tu saber si no sabes que otro lo sabe”, dice un viejo aforismo latino.

Además, pensadores de todos los tiempos han especulado largamente sobre el hecho de que la vanidad no es algo nimio, sino que hunde sus raíces en la naturaleza humana.

Por ejemplo, ¿dónde reside la felicidad: en lo que uno es o en lo que uno representa en la imaginación del otro? ¿Hay algo más importante que el honor, la grandeza, la gloria?

En el diccionario se puede leer esta definición de vanidad: “Deseo excesivo de mostrar las propias cualidades y ser reconocido y alabado por los demás”.

El vanidoso sería aquel que se preocupa todo el tiempo por el “qué dirán”, pero como una manera de autoafirmarse. Al respecto, se cree que estamos en presencia de una de las manifestaciones del individuo egótico (que busca reforzar su yo) o de perfil narcisista.

Ahora bien, ¿no es importante la propia valía en la constitución de la personalidad? En este punto, algunos piensan que no hay que confundir orgullo con vanidad.

Mientras el orgullo sería una convicción adquirida de nuestro valor propio, la estima procedente del interior de uno mismo; la vanidad, en cambio, sería la tendencia a adquirir esa estima del exterior, con la secreta esperanza de poder apropiárnosla.

Vivir constantemente bajo la mirada de los demás, esperando su reconocimiento, es hacer depender nuestra felicidad del cerebro de los otros. Pero mendigar la aprobación de éstos, para fundar sobre ella la opinión de uno mismo, pude ser fuente de infelicidad.

Arthur Schopenhauer tenía un remedio contra la vanidad (a la cual definía como una “superstición universal”). Aconsejaba especular por un momento sobre lo que se piensan y dice a nuestras espaldas sobre nosotros.

“A medida que aprendemos por experiencia con qué desprecio se habla en ciertas ocasiones de cada uno de nosotros, cuando se cree que no lo sabremos, y, sobre todo, cuando hayamos oído una vez con qué desdén hablan del hombre más distinguido media docenas de imbéciles”, habremos comprendido la lección, escribió.

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