La belicosidad acecha el ordenamiento global
La globalización, ese proceso de intensificación de las interdependencias, de homogeneización a escala planetaria, quizá atraviese su peor momento. Una vieja querella, la de los nacionalismos refractarios, aparece como su peor amenaza.Más que tomar posición sobre el fenómeno, sobre la base de una ideología determinada, lo que cabe es hacer constar su existencia. Se podrá resumir así: a medida que el proyecto globalizador pierde vitalidad para fusionar, crece la disgregación.En su versión mesiánica, la globalización aparece como un audaz intento de homogeneización del género humano. Una tentativa que tiene una larga historia.En la antigüedad, los griegos aspiraron a helenizar al mundo conocido. Fue Alejandro quien encarnó esta utopía global del reino universal, al extender el poder macedonio hacia Oriente.César, en cambio, aunque emula el ímpetu alejandrino, al conquistar la Galia sueña que el imperio romano concentre su poder en Occidente. Los dos, el griego y el romano, lideraban un proceso global.Lo globalizador en curso es un proceso objetivo que encierra fenómenos diversos y complejos. Frente al cual cada quien se para según sus prismas ideológicos.De suerte que mientras algunos lo celebran acríticamente (viéndolo como una instancia de emancipación), otros en una actitud más defensiva lo rechazan en bloque (denunciando nueva servidumbre).Como ocurre con los asuntos humanos, la verdad seguramente está en el medio. Pero más allá de esta discusión, el dato objetivo es que se ven síntomas preocupantes de agotamiento del proyecto global.En el orden económico, donde se juega gran parte del partido, es donde se percibe con más crudeza el tembladeral. El mundo rico, así, asiste a la peor crisis desde el fin de la Segunda Guerra.Europa está soliviantada ante un ajuste fiscal de proporciones. Los europeos perciben la endeblez de un sistema global -el de la moneda única, el euro- que privilegia lo financiero sobre lo productivo y social.El Tratado de la Unión Europea (TUE), conocido también como Tratado de Maastricht, por haber sido firmado en de 1992 en la localidad holandesa homónima, con el cual se creó la Unión Europea, cosecha cada vez más repudio.La idea de la integración es vapuleada hoy por los partidos nacionalistas emergentes -algunos de ellos vinculados históricamente al fascismo y al nazismo, dos creaciones europeas- los cuales ganan predicamento entre las clases medias y bajas, arruinadas por el ajuste en marcha.Franceses, alemanes, españoles, portugueses, italianos, y demás, regresan al chauvinismo y a la encerrona dentro de sus propios estados nacionales, como una actitud defensiva ante la globalización hostil.En semejante contexto, piden mano dura contra los inmigrantes y los extranjeros, y abandonan el modelo multicultural, del que hasta aquí se enorgullecían.Un ejemplo de esto es lo que está pasando en Irlanda, devastada por la especulación financiera. Los republicanos del Sein Fein, el brazo político de lo que fue la guerrilla del IRA, han vuelto a la palestra combatiendo con discurso nacionalista al FMI y al Banco Central Europeo.A todo esto, los analistas internacionales coinciden en que la economía global puede sucumbir ante la guerra económica, que trae aparejada el retorno al proteccionismo. Estados Unidos y China, por caso, habrían entrado ya en una lógica de "devaluaciones" de sus monedas, para atajar la entrada de mercaderías a sus mercados.Y por si fuera poco, Asia amenaza con convertirse en un polvorín si las dos Coreas, enemigas acérrimas, incrementan su belicismo ya declarado.
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