Luis Castillo

La buena vida y la mala muerte

Intentar definir el concepto de muerte es una tarea tan ardua como probablemente ímproba. La muerte, como parte del ciclo vital (nacer, crecer, reproducirse y morir) termina siendo, paradójicamente, parte de la vida. Parte insoslayable del ciclo de la vida.

El temor a la muerte, a la finitud, tiene su origen casi paralelamente al origen del homo sapiens, el animal que logra crear e interpretar los símbolos, capaz de un razonamiento abstracto, el hombre posibilitado de una introspección. Cuando nace la conciencia de muerte, nacen los dioses. Dioses que intervienen desde los inicios de la medicina cuando luchan por inclinar la balanza en la lucha entre la vida y la muerte Eros (dios de la vida) y Tanatos (dios de la muerte) debiendo, no en pocos casos, apelar tan sólo a la resignación como único recurso y muchas veces siendo disputado por otro dios que busca aferrar a los humanos al mundo terreno: Agón, dios de la lucha. Dios de la agonía.

La aparición en el siglo pasado de nuevas herramientas terapéuticas tales como el respirador artificial, los equipos de diálisis, las cirugías de alta complejidad, los trasplantes de órganos y otros muchos, provocaron un profundo cambio en ese ya de por sí inestable paradigma de la muerte. Nace, como concepto, la muerte cerebral.

Ni el corazón detenido es sinónimo de muerte, ni un corazón batiente es sinónimo de vida. El soporte brindado en las Terapias Intensivas genera nuevos problemas éticos que oscilan entre los extremos del encarnizamiento terapéutico y el retiro del soporte vital. Ya en 1952, durante la apertura de un congreso de neurología, el Papa Pío XII advertía “El médico mira, pues, el aspecto médico del caso; el moralista, las normas morales. Ordinariamente, explicándose y completándose mutuamente estos datos, será posible un juicio seguro sobre la licitud moral de cada caso en su situación absolutamente concreta.”

El debate estaba planteado. Opiniones convergentes y divergentes surgen casi a diario; el Dr. Camilo Talé, reconocido profesor titular de Filosofía del derecho afirma: “El hombre tiene el deber moral de preservar la salud, y por ende está obligado a aplicarse los medios terapéuticos que no sean desproporcionados; pero no debe ser coaccionado para ello.(…) Por los fundamentos expuestos ( y no por una ‘autonomía’ moral del paciente ), hay que afirmar que, en general, ni los médicos ni la sociedad tienen la facultad de constreñir al enfermo para el beneficio de este”.

En una sociedad en donde los recursos no son de ningún modo ilimitados y mucho menos universales en cuanto a salud se refiere, también se suma al debate el hecho de que mantener artificialmente con vida a ciertos pacientes –que sin el soporte mencionado estarían indefectiblemente condenados a la muerte– conlleva el acaparamiento a todas luces inconducente de recursos económicos, así como de infraestructura hospitalaria, impidiendo una distribución más ecuánime de dichos recursos.

Como si fuera escaso el cono de sombras que se yergue sobre estas decisiones controversiales, no es menor la opinión de familiares y allegados que aportan su cuota de confusión ante una ya de por sí difícil situación. Prolongar innecesariamente la vida no sólo perjudica a quienes se está privando del derecho a una muerte digna sino que, indirectamente, priva a muchos otros de dichos recursos que, como se dijo antes, son no sólo finitos sino generalmente escasos o insuficientes.

Escribe Carlos Gherardi en su libro Vida y muerte en Terapia Intensiva: “que estas salas (de Terapia Intensiva) habiendo nacido para la restauración de la vida casi perdida, no se transformen en una obligada estadía previa a la muerte”. No deben, las instituciones de salud en general y las terapias intensivas en particular, convertirse obligatoriamente en la antesala obligada de la muerte.“La agonía injustificadamente prolongada, el sufrimiento extremo, la desfiguración y el aislamiento del paciente, cualquiera de ellas puede ser la consecuencia del encarnizamiento terapéutico que conlleva formas de morir que resultan una caricatura de la dignidad personal”.

Decíamos al inicio, qué difícil resulta definir el concepto de muerte considerando que este no es, sino, una construcción cultural y por lo tanto humana, de allí la alternativa de pensarla desde un punto de vista epistemológico. Y debatirlo en consecuencia. Ese quizás sea el desafío. Desde nuestra sociedad y con nuestra mirada, nuestros conceptos y nuestra visión, desde nuestros prejuicios y nuestros temores. Quizás, y paradójicamente, empezar a pensar en el significado de una muerte digna nos ayude a pensar el significado de una vida digna.

La sola palabra eutanasia produce aun un escalofrío incómodo y ocupa un sitial de privilegio entre los temas que no debe hablarse ya que es tan agobiante como hablar del suicidio o del homicidio consentido; al respeto, el filósofo español Jesús Mosterín escribe: “Confundir la eutanasia con el homicidio es como confundir el amor con la violación, o el regalo con el robo, o lo voluntario con lo forzado”.

Me gusta, en este punto, citar una anécdota atribuida a Sigmund Freud por Peter Gay: “A la edad de 83 años, Sigmund Freud se había sometido a 33 operaciones. Sufría un cáncer de maxilar hacía más de 15 años. El 21 de Septiembre de 1939, estando el Dr. Shur sentando junto a su paciente, Freud le tomó la mano y le dijo si recordaba el “contrato” que ambos tenían, “prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura y no tiene sentido; hable con Ana y si ella piensa que está bien, terminemos”.

*Médico y Concejal de Gualeguaychú Entre Todos

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