La cadena que parece condena y el fantasma de un fiscal muerto
Nada será como antes. Por una diferencia brutal: hay un muerto. El gobierno busca retomar la iniciativa y marcar la agenda como si nada hubiera pasado. Volvieron las cadenas y los funcionarios y militantes aplaudiendo. Un candidato para la Corte y el viaje a China. Sigan señores, que acá no pasó nada. Jorge Barroetaveña La comparación con la muerte de José Luis Cabezas es inevitable, porque marcó la parte final de la década menemista. Fue un límite para la libertad de prensa y desnudó las relaciones oscuras de un empresario como Yabrán con el poder. Pero a Cabezas lo mataron simplemente por sacar una foto. La muerte de Nisman es la muerte de un Fiscal de la Nación nombrado especialmente para investigar el atentado más grave de la historia argentina. Y no murió por una foto sino por algo que tiene que ver con lo que hacía. Un detalle, un puñado de días antes había denunciado a la propia Presidenta de la Nación y altos funcionarios por buscar encubrir la pista iraní de la voladura. En el real culebrón sangriento se mezclan internas de los servicios de inteligencia y la ineficiencia sospechosa de la Policía Federal, fuerza de seguridad que depende directamente de la Nación. Sin contar con las propias internas de la justicia, que también atraviesan la investigación.Está bien que el Presidente de la Nación se ponga por encima de todo. Pero no para mostrar indiferencia ni restarle importancia, sino para garantizar la búsqueda y el hallazgo de la verdad. Lo que no parece entender el kirchnerismo es que en la dilucidación de lo que pasó con Nisman se va la República. No es una simple declaración o expresión de deseos, es el correlato de lo que pasa en la calle y viven y sienten millones de argentinos. La muerte de Nisman trae implícita, un mensaje mafioso que se derrama hacia abajo: que en la Argentina no es posible investigar al poder (cualquiera sea) sin terminar con un tiro en la cabeza.Es cierto lo que dijo la Presidenta el viernes por cadena nacional, que todos somos iguales ante la ley y ella tiene derecho a hablar y opinar de lo que quiera. Pero no somos todos Presidente de la Nación ni tenemos la responsabilidad que ella tiene. Opinar y además volcar datos erróneos de una investigación judicial como la de la muerte de Nisman es particularmente sensible, más tratándose de la máxima autoridad de la Nación. Sus palabras tienen peso específico. También habría que preguntarse la calidad de información que recibe la mandataria y quién se la proporciona. Muchas de sus aseveraciones han estado basadas en datos equivocados. ¿Cómo sabía que Nisman dejó a su hija sola en el Aeropuerto de Barajas 3 horas? ¿Lo estaban siguiendo? ¿Quién? ¿Por orden de quién? ¿Ignoraba que había sacado en diciembre pasajes de vuelta en Iberia? Si la Presidenta se nutre de información de los mismos servicios que lo mataron al Fiscal estamos fritos. Y la mandataria está en serios problemas.En política las formas son importantes, hoy, casi a la altura de los contenidos. Por supuesto que no es sostenible en el tiempo, pero sirve para ganar eso, tiempo. El tono festivo que rodeó el acto por cadena nacional del viernes no fue el más saludable. La Argentina está sumida aún en un pozo profundo de descreimiento por lo que pasó y la Presidenta optó por ponerse en el rol de conductora de un magazine de la tarde para resaltar los logros de la gestión e insinuar, como temerariamente lo hizo Capitanich, que todo pasa para ocultar el boom turístico de las vacaciones.Si uno ausculta el recorrido del kirchnerismo esta reacción es repetida. Pasó lo mismo con la tragedia de Once. Fue peor aún porque jamás se utilizó una cadena nacional para hablar específicamente del tema. Y murieron más de 50 personas. De golpe el problema de los trenes quedó expuesto y el gobierno se acordó del tema, convertido en principal bandera de combate hoy de Florencio Randazzo.Sì, hay un mérito a reconocer en muchos funcionarios, que es mostrarse tal cual son. Suena inexplicable aún que la Procuradora General de la Nación Alejandra Gils Carbó no haya dicho una sola palabra sobre la muerte de Nisman. Un comunicado de dos líneas, una corona y una presencia cuestionada en el velorio. Increíble. Uno de sus hombres muere en circunstancias extrañas, el mundo desconfía de esa circunstancia, y ella no emite opinión. Todo es posible entonces.Impávido el Ministro de Justicia Julio Alak anunció el envío al Senado del pliego proponiendo a Roberto Carlés para cubrir la vacante de Eugenio Zaffaroni en la Corte Suprema. El abogado, mano derecha de Zaffaroni y encargado de coordinador los equipos de reforma del Código, tiene pocas chances de pasar el filtro del Senado. No sólo es un abierto simpatizante kirchnerista sino que ha tenido expresiones públicas desafortunadas defenestrando a integrantes de la oposición, la prensa y medio mundo. No pasaría nada con un ciudadano común, pero de alguien que se propone como Juez de la Corte no pinta saludable, cuanto menos. Apurado intentó borrar decenas de twits que publicó en esa difundida red social pero era demasiado tarde.¿Cuál es el objetivo de la elección de Carlés? El gobierno cumplió con el plazo legal que se le vencía esta semana pero, ¿podría haber elegido otro? Con la experiencia de Reposo a cuestas, que tuvo que bajarse en medio de un escándalo, ¿para qué correr riesgos de otra derrota política en un año electoral? Quizás tenga que ver con la esencia del kichnerismo que siempre redobla la apuesta.Algo de eso está haciendo con la muerte del Fiscal Nisman. Hay una montaña de hechos positivos, un boom turístico, el viaje a China. Todo es producto de una conspiración destinada a 'sitiar' la democracia como definió la propia Presidenta de la Nación. Pasa que el muerto ya no está en los andenes del Ferrocarril Sarmiento. Ni en una cava perdida de la costa bonaerense. Ni en el Puente Avellaneda. El muerto está en la puerta de la Casa Rosada. Y su fantasma sobrevuela toda la Argentina.
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