La caída del mito del hombre nuevo
Mañana se cumplen cuarenta años del colapso del comunismo histórico. La caída del Muro de Berlín es un símbolo de cómo terminan los intentos por violentar la estructura humana.El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Sesudos análisis geopolíticos se leen por estos días a propósito de este hecho histórico que conmovió al mundo.¿Por qué fracasó ese sistema social inspirado en las ideas de Carlos Marx? ¿Cuál fue el error de la vasta empresa iniciada por la Revolución de 1917, encabezada por Vladimir Ilich Lenin y León Trotsky?La perspectiva sociológica, a la luz del experimento bajo análisis, resulta insuficiente. Decir que en la Unión Soviética y en sus zonas de influencia gobernaba una burocracia política, sumamente pequeña y elitista, que oprimía a la población, explica poco.Afirmar que la gente reaccionó contra los desmanes de una casta que gozaba de enormes privilegios, no va al meollo del problema. La tragedia del comunismo, en realidad, es la de las revoluciones que aspiran a crear un mundo que no existe ni puede existir (sociedad sobrehumana).El audaz proyecto terminó en la instauración de un régimen odioso, un gran experimento carcelario, en el que un Poder absoluto, en nombre de la igualdad y de la clase proletaria, asesinó a millones y pisoteó la dignidad humana.Con idéntica demencia extrema, otro proyecto contemporáneo del comunismo, el nazismo, fantaseó no ya con el mesianismo proletario sino con la raza elegida (la germana).Hoy ya nadie pone en duda la naturaleza asesina del nazismo, con sus horrorosos campos de concentración; ni la naturaleza asesina del régimen soviético, demostrada abrumadoramente por millones de muertos en la colectivización forzada y el gulag.Corolario: dos proyectos políticos de cuño totalitario, cometieron atrocidades que ensombrecieron la condición humana, con la promesa de construir una sociedad y un hombre nuevo.Según la pensadora judeo-alemana Hannah Arendt, el objetivo último de todo totalitarismo consiste en "transformar la naturaleza humana misma". Pero la pregunta es: ¿es posible esto?El hombre ha estado obsesionado por la construcción de una sociedad perfecta. Se diría que es una manera de hacer "buenos" a hombres que, de lo contrario, se niegan a serlo.El revolucionario, así, se ve obligado a construir una comunidad que ostente todas las cualidades que no se encuentran en el individuo. En esto andaba, por ejemplo, el núcleo intransigente de los jacobinos durante el Terror de Robespierre.Éste ostentaba orgullosamente el título de Incorruptible, en tanto que a su colega Saint-Just lo llamaban "el puro" (le pur) de la Revolución. Marx, Lenin y compañía, decían que el comunismo era la continuidad ideológica de la revolución francesa.Pero el dato antropológico es que la estabilidad de la condición humana ha refutado obstinadamente las más caras esperanzas revolucionarias. El error fatal del comunismo reside ahí: pedirle al hombre más de lo que éste puede dar.Los sistemas sociales son como sus creadores, los hombres. Y los hombres son incurablemente imperfectos. Parafraseando a Nietzsche, humanos, demasiado humanos. O en todo caso, no son como los imaginan los extremistas. No serán ángeles, pero siguen siendo criaturas fascinantes."Los hombres en general no son muy buenos ni muy malos, sino mediocres- escribió Alexis de Tocqueville a un amigo-. El hombre con sus vicios, sus flaquezas, sus virtudes, esa confusa mezcla de bien y de mal, de lo elevado y lo bajo, de bondad y depravación, es con todo, el objeto más digno de estudio, interés, piedad, apego y admiración que hay sobre la tierra".
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