La campaña, en el tramo final, con mucha agresión y poco debate
Por Jorge Barroetaveña
La campaña de cara al 28 de junio ha entrado en su etapa final. Acotada por la decisión presidencial de adelantar los comicios, la presente contienda no será recordada por su nivel de confrontación ni por el contenido del discurso de los candidatos. Cada uno, desde su trinchera, intenta convencer a un electorado díscolo que, mayoritariamente, acaba de conocerlos por la sátira mediática de Gran Cuñado.
Es que el impacto en la opinión pública del programa de Tinelli ya forma parte del análisis de encuestadores, sociólogos y politólogos. En Mendoza, para sorpresa del vicepresidente Julio Cobos, sus encuestadores han detectado una influencia negativa de la caracterización que hace José María Listorti. Ese símil Cobos dubitativo, impenetrable, que sólo se lleva bien con los silencios de Fernando De la Rúa, lo ha perjudicado. ¿Es explicable el fenómeno? Sí, por la apatía y el rechazo que genera la política en vastos sectores de la población. Quizás no sea el caso de Cobos, pero muchos otros candidatos, sólo abordarán esas caras a través de las imágenes de la televisión.
Ante la fuerza del programa, la mayoría ha optado por disimular el disgusto y tragarse algún insulto. Macri tuvo que hacer un gran esfuerzo para tomárselo con soda y De Narváez optó por fugar hacia delante, prestándose a una interview con su imitador. Otros no pudieron esconder su desencanto pero cometieron el error de hacerlo público. El inefable Aníbal Fernández habló por el gobierno en el programa de Rial, quizás acordándose de aquel dogma de la década menemista que conceptualizaba la farandulización de la política. Lo cierto es que, la reacción general de la clase política, en medio de la campaña electoral, no ha hecho más que ratificar la delgadez de las propuestas y el vacío de proyectos serios.
En esto se incluyen las 3 páginas de plataforma electoral que el kirchnerismo presentó en la justicia electoral o la entrevista que la Presidenta Cristina Fernández le dio a ‘Solita’ Silveyra. Paradójicamente, el mismo día la Presidenta chilena, Michelle Bachellet le dio una entrevista a la televisión nacional de ese país. Sin dramas, la mandataria, se sentó frente a su entrevistador y una nutrida tribuna que la ametralló a preguntas. De las ‘tontas’ y de las otras. Así, Bachellet habló de la comida que más le gusta, contestó porqué no tiene ‘pololo’ y se metió a analizar la crisis internacional y el impacto en la economía de su país. Todo con la mejor sonrisa.
Simultáneamente, del otro lado de la cordillera, la Presidenta argentina recibió, por primera vez en años, a una actriz devenida en entrevistadora. Antes, decenas de notas pedidas por diarios, canales de televisión o radios habían sido sistemáticamente negadas. El último antecedente fue la semana previa a la elección del 2.007 cuando la por entonces candidata le dio una nota a TN, al programa de Bonelli y Sylvestre. Después vendrían los atriles y los discursos encendidos, las inútiles promesas de Massa sobre conferencias de prensa mensuales y otra vez la cerrazón informativa. Para la administración kirchnerista la única forma de comunicar es no comunicar. Pararse detrás de un atril y no escuchar preguntas. Dedicarse a contestar las tapas de los diarios, o a algunos editorialistas y ‘operar’ a través de los medios considerados ‘amigos’ después de una profusa pauta publicitaria oficial.
La persecución llega a tal extremo que, desde la Presidencia, habrían pedido el tape de la entrevista con Silveira. Querían chequear que la primera mandataria no hubiera dicho nada incorrecto. Es más, la nota final tuvo dos partes. Largas respuestas cuando la Presidenta hablaba de cuestiones familiares, de su esposo o de sus hijos, y escuetas y cortadas cuando hacía referencia a temas candentes de actualidad. El resultado fue pobre: lo más interesante pasó por conocer qué retratos familiares tenía la Presidenta en su despacho.
La tirria oficial a las entrevistas y a la exposición en los medios, tiene correlatos en la oposición. Disimulado, porque la mayoría no posee el volumen suficiente de fondos ni tiene el respaldo del aparato estatal, en el fondo no están tan lejos. Y un buen ejemplo es la negativa sistemática de los candidatos a debatir. Ninguno de los que van primeros en las encuestas, se atreve a enfrentar a sus adversarios, temiendo poner en riesgo la diferencia que le lleva a sus contrincantes. Las campañas en Argentina casi no tienen debate. Todo se somete a réplicas y contrarréplicas a través de los medios de comunicación. Son palabras que se tiran al viento, sueltas, privando al electorado de la saludable comparación entre los contendientes. En las democracias modernas, suponer que un candidato se niegue a debatir, es probable que le implique perder la elección. Hace unas tres semanas, Monseñor Lozano estuvo en Gualeguay, en ocasión del Día del Trabajo y dijo: “el diálogo es el principio de la solución”. Sería bueno acercarle una esquelita con esa leyenda, a los que hoy están en el poder y a los que aspiran a tenerlo.Si la escasez del diálogo suele ser un sello distintivo de la política argentina, hay un sorprendente hilo conductor en el contenido de los candidatos: la producción. El conflicto entre el gobierno y el campo ha instalado definitivamente el discurso ‘federal’. De hecho, entre ocho y diez dirigentes agropecuarios, tienen chances de ocupar una banca en el Congreso de la Nación. El fenómeno, similar a la irrupción de los sindicalistas a mediados de la década del ’40 con Perón, deberá ser seguido de cerca, aunque promete un legislativo más caliente y con más debate. ¿Cómo reaccionará Néstor Kirchner?
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