La causa del medio ambiente no es lírica
Es posible que después del fallo de La Haya -que básicamente valida a Botnia pese a su irregular instalación en la región-, quienes subestiman el problema ambiental festejen.Impugnar socialmente la instalación en la cuenca del Río Uruguay de industrias pasteras, consideradas altamente contaminantes, quizá sea visto, por esa gente, como un brote de rebeldía adolescente.Los jueces, dirán, han venido a poner cordura ante una situación absurda motivada por ecologistas exaltados, cuyo planteo de máxima lucía imposible. Son varias las voces que se escuchan ahora, sobre todo desde la política, en el sentido de que se ha puesto fin a la "insensatez".Sin embargo, la defensa de un ecosistema, protagonizada por esta comunidad, está lejos de ser una aventura poética, como se la quiere pintar interesadamente.En pequeña escala es una reacción que está en sintonía con un malestar social y cultural ante una contradicción sistémica que sobrelleva la actual civilización: el anonadamiento planetario.El propio establishment científico, que alerta sobre el cambio climático, llama la atención sobre que se ha perdido el control sobre las fuerzas destructivas que se han desatado.El cambio de percepción epocal es decisivo: ya nadie cree que la naturaleza sea una fuente inagotable de recursos, objeto de una manipulación humana sin frenos.Ante el desbarajuste ecológico, el paradigma decimonónico del dominio técnico y económico del planeta entró en crisis, frente a lo cual ninguna ideología del pasado tiene respuesta.El dato es que la actual civilización luce inviable en términos planetarios. Y esto porque destruye más naturaleza de la que repone. Se ha calculado, de hecho, que cada año el período de recuperación de la tierra termina más temprano."El año pasado ese tiempo de recuperación terminó el 23 de septiembre. Es decir, que el 23 de septiembre de 2009 hemos agotado, por la actividad humana, toda posibilidad de recuperación del planeta. Y cada año, esa fecha se adelanta", advierte el académico francés Francois Houtart.Ernest García, catedrático de sociología de la Universidad de Valencia, escribió un libro, "Trampolín fáustico", donde también postula el error básico de creer en la explotación ilimitada de los recursos, más allá de lo que la propia naturaleza lo permite.En el título del libro está la clave de su posición: Fausto vendió su alma, a cambio del saber universal y de la satisfacción de todos sus placeres; pero la incurable insatisfacción fue germen de su propia destrucción.García dice que estamos viviendo en una insaciable "era fáustica", sobre la base de un modelo depredador del medio ambiente, cuyo final es trágico. "La onda del crecimiento (económico) parece más dirigida a huir de la Tierra que a permanecer dignamente aquí".Frente a este escenario inquietante, la superestructura mundial -organismos y gobiernos- hacen muy poco para detener la enfermedad planetaria. La lógica económica, en concreto, no parece encontrar límite estatal y jurídico.En este contexto, ¿resulta acaso extravagante que los vecinos de una ciudad estén decididos a defender un ecosistema tan delicado como el que representa el río Uruguay?¿Cuál es la insensatez de fondo de esta actitud? La movida de Gualeguaychú -mirada desapasionadamente- pone en crisis, en realidad, la concepción fáustica de un modelo de explotación ilimitada de los recursos (en este caso del agua dulce, nada menos).Al río se lo puede ver como fuente de vida y biodiversidad o como algo que puede ser utilizado hasta el punto de su degradación. Son dos modelos de trato de la naturaleza diametralmente opuestos.En vista de lo que se está jugando, la causa del medio ambiente no puede ser catalogada de lirismo.
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