La ciudad, lugar de paso o de vínculo
¿Cómo nos representamos a Gualeguaychú en nuestra mente? ¿Es sólo un agregado humano accidentalmente distribuido en un espacio? ¿O una comunidad histórica con carácter propio?¿Da lo mismo vivir en una ciudad que en otra? Por ejemplo, los residentes podrían considerar indiferente todo cuanto pase más allá de las paredes de sus casas, o por el contrario sentirse solidarios con la suerte de los vecinos, al punto de incluirlos en un "nosotros".La falta de iniciativas grupales, la despreocupación por el espacio público, el escaso interés por la historia o la cultura del lugar, la proliferación de conductas antisociales, la destrucción del pasado arquitectónico, serían síntomas de que el concepto de colectividad se ha volatilizado.Quienes habitan en la ciudad, entonces, dejan traslucir su visión de ella como plataforma de uso individual o sectorial o un simple medio para el aprovechamiento egoísta.Algunos sociólogos sostienen que el sujeto posmoderno -una manera de nombrar al individuo contemporáneo- se caracteriza por un desarraigo del lugar en el que vive y de los vínculos familiares.Es alguien que se recluye en el solipsismo de su proyecto autónomo de existencia, tornándose forastero entre los que lo rodean. Así, se ha hecho inepto para la vida social y política, por cuanto ha devenido incapaz de establecer lazos con otros grupos.En esta perspectiva la ciudad es un lugar de paso, un sitio del que en todo caso uno debe sacar provecho, un espacio neutro y aséptico que de última no compromete a las personas.El antropólogo francés Marc Augé ha inventado el concepto de "no-lugar" para referirse a los espacios de tránsito que no tienen suficiente importancia para ser considerados "lugares"."Un no-lugar es una autopista, una habitación de hotel, un aeropuerto, un subte o un supermercado (...) Carece de la configuración de los espacios, es circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de los individuos", explica.Ahora bien, en las antípodas de esta visión, se puede considerar a la ciudad como una suerte de colonia de familias, una primera comunidad que, ligada al territorio, se constituye tan pronto se trasponen los límites de cada hogar.En cuanto varias familias reúnen sus habitáculos aparece un orden de intereses que afecta no tanto a los individuos cuanto a los grupos familiares como tales.El doctor Oscar José Lapalma (quien fuera director de este diario), cuando se refería a la ciudad, utilizaba la expresión "nuestra casa grande".Sugería de este modo la existencia de un orden suprafamiliar donde el nexo grupal se vincula a concretas circunstancias territoriales y a desafíos de afincamiento común.La vecindad de muchas familias habilita lazos por complementariedad, coalición, solidaridad y amistad. Se diría entonces que la ciudad es la primera concreción de la tendencia social del hombre tras la vida familiar.Desde esta perspectiva dejaría de ser vista como un "no lugar", o un sitio de tránsito al decir de Augé. Más bien sería una realidad sociológica con peso propio, donde late un sentido de pertenencia.En tanto miembros de una comunidad histórica, de una realidad suprafamiliar que ha debido enfrentar los retos que impone el hecho de vivir juntos, los vecinos llevarían la impronta de ese grupo.Portarían un "carácter social", un modo de ser, una personalidad, reflejo de la cultura lugareña, sus creencias, valores, hábitos y métodos familiares de crianza.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

