La comodidad o el ideal de la pocilga
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Una vida de consumo sin contratiempos. Tal parece ser el modo existencial dominante de una época que ha hecho del bienestar material la máxima aspiración individual y grupal.El logro adquisitivo, como motor de la conducta humana, parece encontrar justificación en un momento histórico de "caída de los grandes relatos", cuando ya nadie cree en las ideologías totalizadoras de la modernidad.Como sostiene el sociólogo Zygmunt Bauman, "la sociedad contemporánea integra a sus miembros, fundamentalmente, como consumidores".La expresión "consumo, luego existo", parafraseando al filósofo René Descartes, quizá sirva para graficar que el súmmum de nuestro modelo civilizatorio se mide por los objetos acumulados.La concepción filosófica implícita de que "somos lo que consumimos", aunque extendida en la actualidad, no ha sido sin embargo lo que animó a los grandes creadores de la humanidad.Es llamativo, al respecto, que una de las grandes personalidades científicas del siglo XX, como Albert Einstein, en escritos autobiográficos, haya expresado repulsa por un estilo de vida basado en el confort material.En 1933, el célebre físico publicó un libro titulado "El mundo como yo lo veo", que contenía una serie de ensayos sobre su visión de la vida y de las cosas. Allí Einstein se presenta como un hombre partidario del un estilo de vida que él llama "ideal de una pocilga".Bajo metáfora exalta una existencia caracterizada por la sencillez, la modestia y la frugalidad, movida por el reconocimiento de que nuestro hacer se apoya siempre en el trabajo de otros, respetuosa de las tradiciones y orientada hacia la belleza, la bondad y la verdad."Nunca he considerado la comodidad y la felicidad como fines en sí mismos -esta es la base crítica que llamo el ideal de una pocilga. Los ideales que han iluminado mi camino, y una y otra vez me han dado de nuevo coraje para afrontar la vida alegremente, han sido la Bondad, la Belleza, y la Verdad", escribió el científico que formuló la teoría de la relatividad en el mundo físico.Y añadió: "Sin el sentido de parentesco con los hombres de mente parecida, sin el trabajo con el mundo objetivo, lo siempre inalcanzable en el campo del arte y los esfuerzos científicos, la vida me habría parecido vacía. Los objetos trillados de los esfuerzos humanos - bienes, la fama, el lujo - siempre me han parecido despreciables".El físico alemán, por otro lado, se reveló creyente de un orden superior y misterioso, ante lo cual la razón humana es insuficiente. "La experiencia más hermosa que podemos tener es lo misterioso. Esta es la emoción fundamental que está abrazada (unida) al verdadero arte y la verdadera ciencia", sostuvo."Quien no lo sabe, no puede preguntarse, no puede maravillarse, está como muerto, y sus ojos están oscurecidos (...) Un conocimiento de la existencia de algo que no podemos penetrar, nuestras percepciones de la razón más profunda y la belleza más radiante, que sólo en sus formas más primitivas son accesibles a nuestras mentes: es este conocimiento y esta emoción lo que constituye la religiosidad verdadera", escribió.Se diría que el "ideal de una pocilga" del célebre científico contrasta con el modelo social del bienestar prevaleciente en el Siglo XXI. Hay incompatibilidad entre una vida entregada a realizar valores trascendentes y otra que se limita a perseguir la comodidad.También suena disonante el reconocimiento de la religiosidad ante la percepción del misterio del mundo, con una época más bien escéptica y que se burla del más allá.
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