La corrupción es la gran conspiradora
El gobierno progresista de los Kirchner ve detrás de toda disidencia un connato golpista. Pero lo que conspira contra el país es la corrupción instalada en las estructuras de poder.Los voceros de la izquierda ilustrada han vociferado contra la corrupción de los regímenes militares o de gobiernos democráticos, como el menemismo.En su visión maniquea del mundo, el mal está a la derecha del arco ideológico. Todo cuanto provenga de ese lado está insanablemente corrompido.Ergo: la virtud moral es patrimonio de las izquierdas. Portar una visión progresista del mundo, nos vienen a decir, lo hace a uno indemne ante la tentación del mal.Este prejuicio es tan insostenible desde el punto de vista humano que cuesta aceptar que algunas personas lo profesen. En el mundo religioso, a este vicio de creerse más virtuoso que los demás, por sus discursos y formas externas, se lo llama "fariseísmo".Esto de hacer todo lo contrario de lo que se predica -abecé de la hipocresía- es tan viejo como el mundo. Ortega y Gasset había capturado la enormidad de llevar el maniqueísmo religioso al mundo de la política."Ser de izquierdas, como ser de derechas, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral", criticó brillantemente.Entre nosotros, el filósofo Tomás Abraham -un especialista en Michel Foucault- asegura que se viven tiempos de estafa ideológica.El kirchnerismo hace maquiavelismo criollo, dice. Ha entronizado, así, el principio de que supuestos fines justifican medios ilícitos. Ergo: la corrupción no es tal si es de izquierda."Discursos de la resistencia peronista, discursos revolucionarios al estilo cubano y discursos bolivarianos, todos comprados en la mesa de saldos setentistas". De esto se sirve el kirchnerismo, dice Abraham, para mantener el poder mediante medios ilícitos.Frente a esto aconseja: antes que "comerse los sapos ideológicos", la sociedad debería respaldar a los políticos por sus valores, por sus modos de hacer las cosas y no por lo que dicen.Alguien que parece que ha aprendido esta lección es Graciela Ocaña, la ex ministra de Salud, quien ahora dice cosas aceptadas hace ya tiempo por el sentido común."El dinero de las obras sociales va al patrimonio de los sindicalistas", disparó, al criticar la decisión del gobierno K de darle más dinero por esta vía (se habla de 3.000 millones de pesos) al sindicalismo encabezado por el camionero Hugo Moyano."Es una forma de apropiarse de recursos, una forma de corrupción muy importante", alertó, al tiempo que fustigó a los gremialistas "que creen que estos fondos son propios" y no destinan el dinero a mejorar las prestaciones o favorecer a los beneficiarios.A todo esto, se acaba de conocer que Argentina sacó otra mala nota en el ranking global de la corrupción. Se ubicó, por cuarto año, en la posición 106 sobre 180 países encuestados.El Índice de Percepción de la Corrupción del 2008 que realiza Transparencia Internacional (TI), instala la imagen de un país donde reina la impunidad.La Argentina se ve así, entre otras cosas, por la discrecionalidad en el manejo de los recursos públicos, el enriquecimiento patrimonial de funcionarios, la concentración del poder en el Ejecutivo, la permanencia de los superpoderes, la manipulación de cifras oficiales, la mafia de los medicamentos, los escándalos como el de la valija del venezolano Antonini Wilson.Es este lamentable estado de situación -y no los opositores al gobierno- lo que conspira y "destituye" las posibilidades del país.
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