La corrupción mata pero mucho más mata la impunidad: ¿lo aprenderemos algún día?
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Fue una jornada aciaga para el gobierno nacional, aunque nada es comparable con la tragedia de Once y sus repercusiones. Las clases no empiezan mañana en la mayoría de las provincias que no tienen plata para pagar los aumentos. Y encima, maliciosamente, Scioli y Massa volvieron a fotografiarse juntos. Jorge Barroetaveña La tragedia de Once debe haber sido de las más anunciadas de la historia argentina. El estado de decadencia de los trenes, la falta de inversión estatal, la mezcla de corrupción pública y privada, fue un cóctel que se volvió irresistible. Los argumentos se acaban cuando se echa un vistazo al almanaque. De nada sirve que el gobierno apele al desguace de los ferrocarriles en la época de Menem o a décadas de desinversión. Cuando sucedió la tragedia el estado llevaba 9 años de ventaja, en los que se hizo poco y nada para que la gente viajara mejor y segura y los subsidios no se los llevaran empresarios inescrupulosos con la complicidad de altos funcionarios que, en muchos casos fueron corruptos y en otros optaron por mirar para otro lado.Los 52 muertos de Once no se pueden ocultar ni se pueden acarrear al pasado, ya no. Tampoco tienen color político ni es posible acusarlos de nada, salvo de levantarse temprano e ir a trabajar como millones de argentinos bancándose el maltrato y la indiferencia de un sistema que ni siquiera los considera usuarios, sino apenas números.Todos los gobiernos tienen responsabilidades políticas. Las judiciales se dirimen en tribunales pero las políticas le competen a todas las administraciones. En este contexto, es obvio que la Presidenta de la Nación no podía saber lo que estaba pasando en los ferrocarriles (¿o sí?) pero su responsabilidad como jefa de la administración política es ineludible.Cuando se produjo el desastre de Cromañón, el por entonces Jefe de Gobierno porteño Aníbal Ibarra no quiso ir a esa maldita calle Mitre. No quería que su imagen fuera retratada entre las decenas de muertos por asfixia o quemados o aplastados. Aquella miseria política le costó a Ibarra su carrera. En ese momento clave, en los que un político debe dar la talla de tal, Ibarra optó por la mezquindad de pensar en su futuro personal y la sociedad no se lo perdonó. Y aquel comportamiento del ex jefe porteño quedó grabado en el inconciente colectivo. Y de la Presidenta, ante la magnitud de lo que pasó en Once se esperaba algo similar. No que fuera a los andenes a mezclarse entre los heridos, pero sí que sus actos y palabras demostraran real compromiso de esclarecimiento y asunción de responsabilidades. Entre los procesados que es probable que reciban penas de cárcel efectiva están sus dos secretarios de transportes y hasta quien debía controlar que los subsidios que el estado le daba a la empresa de los Cirigliano fueran a donde tenían que ir y no se desviaran en bolsillos oscuros. ¿Autocrítica? ¿Mea culpa? La reacción oficial fue, desde el primer minuto posterior a la tragedia, negar vínculos con el hecho, decir estupideces rayanas en lo obsceno y, como habitualmente se hace, echarle la culpa a otro. Y de una Presidenta valiente, que ha enfrentado a los poderosos y se ha jugado todo, como ella misma lo define, se esperaba más, mucho más. Sus palabras del viernes por la mañana sonaron tardías y, como lo definieron los propios familiares, casi insultantes. Es que el ejercicio de la función pública, y vaya si Cristina Fernández de Kirchner lo sabe y lo ha experimentado en carne propia, tiene de todo, aunque suelen ser más los palos que las caricias. La potencia de la magnitud de la tragedia de Once no se puede acallar con silencios ni con elusiones. Había que ponerle el pecho y esa es una deuda que los familiares de las víctimas y los heridos todavía sienten que no está saldada.La otra deuda, la judicial, tendrá que llegar rápido. Hay algo que mata más que la corrupción y es la impunidad. Si en Cromañón ese hilo invisible de corrupción quedó comprobado, en Once es un cable que tiene decenas de ramificaciones. Desde el 2004 el estado le transfirió a las empresas del grupo Cirigliano, controlantes de los ferrocarriles, la friolera de 16.000 millones de dólares. ¿Qué hicieron con esa plata? ¿Quién se la robó? ¿Quién no controló? ¿Quién ocultó y apañó? ¿Quién fue cómplice?El impacto político de la Plaza de Mayo reclamando justicia tapó el viernes la decisión gremial de no empezar las clases en la mayoría de las provincias de la Argentina. La medida fue impulsada incluso por gremios cercanos al gobierno que no pudieron digerir el corte abrupto de las paritarias y el magro aumento pagadero en cómodas cuotas durante el 2013 que se ofreció. La deuda educativa en la Argentina sigue siendo otro tema pendiente. Hoy se destinan, merced al aumento que propició este mismo gobierno, más fondos del presupuesto nacional para el área, pero no alcanza. Y la pelota va de las provincias a la Nación y de la Nación a las provincias. Y los chicos tienen cada vez menos días de clases.Desde Mar del Plata, Scioli y Massa le colgaron otra medalla al negativo retrato oficial del día. Armado previamente, se sacaron una foto pretextando una conferencia sobre seguridad en Río de Janeiro, otro tema que saben irrita al núcleo duro del kirchnerismo. Pero juegan con fuego estos muchachos. Scioli rasca el fondo de la lata para pagar los aumentos docentes y es conciente que a la Nación le disgusta su actitud ambivalente. Tendrá que definirse algún día, decir de qué lado está parado y actuar en consecuencia. Una cosa son los intereses de los ciudadanos y otro su ambición de ser presidente. Legítima por cierto pero que no puede estar por encima del bienestar de sus representados. Scioli, ¿de qué lado estás?
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