La corrupción puede ser una fuerza irresistible
¿Qué estimula o desalienta las prácticas deshonestas? Nos solemos creer honestos y ver este vicio en los demás. ¿No robamos acaso porque no se nos da la oportunidad? De última, ¿qué lleva a la gente a convertirse en corrupta? La pregunta ha sido objeto de investigaciones universitarias, como paso previo a la formulación de políticas anticorrupción efectivas.Eso consigna un artículo aparecido en el diario La Nación, del 12 de noviembre último, donde se da cuenta de estudio de casos desarrollados por psicólogos y economistas internacionales.Por ejemplo el encarado por Samuel Vendan, del Swiss Federal Institute of Technology, de Lausana. El estudio de laboratorio consistió en ofrecer a hipotéticos empresarios la posibilidad de distribuir una suma de dinero entre ellos y sus empleados.Había tres opciones: aumentar los salarios de los empleados aunque el empresario se perjudique, mantener las mismas tasas de ganancia de ambos lados o reducir los salarios y llevarse a casa una ganancia mayor (la opción "robo").Cuando se les preguntó cómo se debían comportar, apenas un 4% de los jugadores justificó el robo. Sin embargo, aquellos responsables de tres empleados, lo que les daba más poder y más ganancias provenientes de manejos fraudulentos, pronto empezaron a desmentirse.Luego de cinco rondas, el 20% recurrió el robo. Si se les ofrecían más formas de ganancias, aunque perjudicaran a los empleados, en la ronda 10 el 45% recurrió el robo.En tanto, un estudio de Joris Lammers, de la Universidad de Tibulrg, Holanda, corroboró aquel dicho del historiador y político británico lord Acton según el cual: "Todo poder tiende a ser corrupto".En efecto, la investigación consistió en preparar individuos para que se sintieran poderosos o impotentes, y se los dividió en dos grupos para jugar una partida de dados en un cubículo aislado, quienes debían dar los resultados a un asistente de laboratorio.Al ser los dados un juego de suerte, el resultado promedio debería haber sido de alrededor de 50. Pero en realidad fue de 70 para el grupo preparado para sentirse fuerte y con poder.Lammers asegura que el poder genera un tipo de miopía moral. "Comparo los efectos con los del alcohol: disminuye el punto de vista y también lleva a una conducta que se puede llamar de hiperautoconfianza o hiperconfianza", afirma.La distancia psicológica también parece facilitar el realizar actos corruptos, como cuando se actúan a través de un intermediario, según asegura Daniela Serra, de la Florida State University.Una de las razones es que el intermediario quita la incertidumbre al cobrar por un cierto servicio, como el sobornar a un político. Además, se reduce el riesgo de castigo y se crea la ilusión de responsabilidad compartida.Un buen ejemplo es el escándalo telefónico en el Reino Unido, en el cual algunos periodistas del hoy desaparecido diario News of The World pagaron a detectives privados para acceder a mensajes de voz de personalidades.Serra realizó un trabajo de campo con Agibail Barr, de la Universidad de Oxford, en el que se analizó la conducta con estudiantes de 34 países con distintos índices de corrupción o CPI (elaborado por Transparency Internacional).Llegaron a la conclusión de que nuestra propensión a involucrarnos en la corrupción es fuertemente cultural y refleja las normas sociales del país en que vivimos.Otras investigaciones revelaron que la posibilidad de tener que rendir cuentas frena la corrupción, con lo cual habría que aumentar el número de auditorías, dándole así la razón a Juan Perón cuando dijo "El hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor".
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