Editorial |

La cultura académica y el aprendizaje de la felicidad

Se cree que cuanto más aprenda del mundo un estudiante (ciencia en general) mejor. Pero no está claro que esto le sirva para contestar los retos existenciales de todos los días. En el llamado currículum académico no figura ningún contenido que aborde las preguntas acerca de los desafíos cotidianos: amor, sexo, enfermedad, muerte, hijos, dinero o ambición. De hecho se da por descontado que uno ingresa a la universidad para aprender muchos cosas sobre cómo funciona el mundo, en orden a obtener un título que acredite un conocimiento específico para desarrollar una profesión. Nadie acude al claustro académico para que le enseñen el oficio de vivir, que es sin lugar a dudas la asignatura más relevante y apasionante para cualquier mortal. La escuela y la universidad, sabemos, enseñan conocimientos sobre muchas cosas útiles para vivir en sociedad (leer, escribir, contar), una supuesta cultura general, (ciencias de la naturaleza, ciencias humanas, literatura, artes),  y sobre todo se esfuerza en  proporcionar una educación profesional. Sin embargo, presenta una carencia enorme en lo que concierne a una necesidad primordial de la vida: cómo conseguir una vida feliz. Fue Michel Montaigne, en el siglo XVI, quien nos advirtió sobre la inepcia de la cultura ilustrada. El célebre filósofo francés distinguía dos categorías de conocimiento: erudición y sabiduría. Los colegios de su época, nos cuenta, sobresalían a la hora de impartir información, sobre la base de un modelo acumulativo (erudición). Pero fracasaban por completo en lo referido a la aptitud de vincular los saberes y darles sentido, y a formar una actitud filosófica y ética general en orden a la prudencia, tan necesaria en la vida (sabiduría). “De buen grado –escribió- vuelvo a esa idea de la inepcia de nuestra educación. Ha tenido como fin hacernos no buenos y sensatos, sino cultos: lo ha conseguido. No nos ha enseñado a abrazar y perseguir la virtud y la prudencia, sino que nos ha grabado la derivaciones y la etimología”. Y añadió Montaigne: “Desearíamos preguntar: ¿Sabe griego o latín? ¿Escribe en verso o en prosa? Mas si se ha vuelto mejor o más avispado, eso es lo principal y duradero. Habríamos de preguntar cuál es mejor sabio y no más sabio. Nos esforzamos en llenar la memoria y dejamos vacío el entendimiento y la conciencia”. El filósofo afirmaba que había visto en su tiempo a mil artesanos, a mil labradores más sensatos y felices que los rectores de la universidad. Y en su opinión, contra la erudición imperante en el sistema educativo, “sólo merece la pena comprender aquello que nos hace sentir mejor”. Algunas universidades actuales al parecer han aceptado la crítica de Montaigne y por eso vienen haciendo un esfuerzo por abrirse a ese saber más vasto, difuso y valioso que contribuye a la buena vida. Enseñar felicidad se ha convertido en uno de los cursos más solicitados de las casas de estudios más prestigiosas, como la Universidad de Yale, cuya cátedra es la más popular en la historia de dicho ente educativo. El pionero de esta tendencia es el profesor de piscología Tal Ben-Shahar, quien creó la primera cátedra de felicidad en la Universidad de Harvard, y que opina que aquí reside la “preocupación más importante de la vida”. Este tipo de experimento en las aulas quizá empiece a cerrar la brecha existente entre el saber académico y la vida.

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