La cultura del impacto
Es la que está vigente en casi todas las actividades de la sociedad argentina. Enancada en otras expresiones que nada tienen que ver con un perfil que siempre destacó a nuestro país, a su gente, desembarcó -el facilismo- poco a poco y fue invadiendo ámbitos impensados.En la política, en las artes, el deporte o en cualquier manifestación social, hoy tiene mucho más valor alcanzar la consecuencia rápida que tiende un puente supuesto hacia el éxito.Un éxito que salvo mínimas excepciones, no se convierte en duradero. Y en cuanto amanece el fracaso de esa expresión efímera -la cultura del impacto-, se transforma en el mismo verdugo de quién surgió sin sustento o trascendencia seria, trabajada en un proceso que debiera estar lleno de dificultades y tropiezos contra los que se debiera luchar para superarlos.Los tropiezos a que la vida nos somete y debemos sortear una y otra vez. Sin embargo, hoy, casi hay que nacer con un acto que aunque sea fortuito, sea rápido, se produzca ya, y provoque sensaciones muy especiales en los receptores, a los que va dirigido el impacto.Hoy, efectivamente, poco y nada cuentan las pesas de la experiencia, de la historia, puestas en la balanza. No existe el repaso de lo anterior, porque no existe paciencia. Ni búsqueda de superación.Ya, hay que triunfar. De la manera que sea. Con la práctica que sea. Con la mayor viveza disponible, para poder cortar caminos y estrellarse rápido con el éxito.Estudiar, superarse, innovar, cumplir a rajatabla con obligaciones, y despreocuparse un poco, sólo un poco, de los derechos que tanto demandamos, podrían ser algunos elementos básicos para mejorar sustancialmente esta sociedad de la inmediatez, que hoy nos bombardea por todas partes.Un artista sorprende con una veta, por pequeña que sea, por invertebrada que esté, y ya alcanza y sobra para que gane espacios a los que jamás puede llegar a lograr algún valor humano silencioso, que se rompe el alma estudiando y trabajando, enriqueciendo con aportes realmente valiosos.Lo hace de manera generosa la mayor parte de las veces, y sin embargo cae en vía muerta. Logra una luz tan pequeña, tan reducida a un estrecho círculo, que no llega a alcanzar la altura y nivel que merece.Por cierto que tenemos una cuota de responsabilidad muy grande, quiénes desde los propios medios de comunicación invertimos la pirámide lógica de la noticia esencial que se cae desde la cumbre al suelo, empujada por la que es hueca de contenido.Y también la gente, quiénes conformamos esta típica sociedad de hoy, debemos cargar con el sayo que se nos coloca en análisis serios de las circunstancias.En definitiva, entramos también a jugar como elementos activos de un deterioro que nos arrastra y sumerge en la mediocridad decadente. Episodios lamentables y ejemplares (malamente ejemplares), brotan por todas partes y ya no sorprenden.Todo parece inclinar a una nivelación hacia abajo de la sociedad.. Nuestra televisión es un marco referente importante. Lo que allí se ve. Lo que consumimos ávidamente, lo que se vive en el fútbol. O lo que se escucha de los propios políticos sobre cuál es la mejor práctica para tener éxito en la política. O el "chantismo" y la improvisación que existe en actividades como el periodismo, o en muchos profesionales de diversas especialidades.Todos éstos y muchos más, son claros ejemplos de algo que debemos transformar -para bien- no para peor como venimos haciendo, entre todos. Recatando dos caminos que son ineludibles para una auténtica transformación de la sociedad: la Educación y la Cultura.Ambas cenicientas, extremadamente cenicientas, de la realidad que hoy vivimos.
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