La delincuencia no es patrimonio de clase
Se tiende a ver la marginación social como un caldo de cultivo del delito. Y de hecho nuestras cárceles están pobladas por pobres. Pero el robo y el crimen son perpetrados también por personas de sectores acomodados, aunque suelen permanecer impunes.Elías Carranza, criminólogo y director del Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la Prevención del Delito y el Tratamiento del Delincuente (ILANUD), sostiene que a las cárceles llegan "solamente, o casi solamente, personas de clase baja. El porcentaje de pobres en cárceles es casi del cien por ciento".Esta realidad penal hace que se conecten casi directamente criminalidad y marginación social. Además, en los registros policiales quienes aparecen violentando la ley suelen ser adolescentes y jóvenes de barrios precarios.¿Acaso la pobreza es sinónimo de delincuencia? ¿El latrocinio y la criminalidad son patrimonio de una clase social: la baja? ¿Los ricos, entonces, no cometen fechorías, no matan y roban?Asimilar a los jóvenes pobres con el delito es una estigmatización lamentable y peligrosa. Sería desconocer que hay millones de ellos que estudian, trabajan, y buscan progresar fuera del delito, la droga o la prostitución.Aunque también es verdad que este grupo social es vulnerable a la cultura del atajo, a la oportunidad de vivir el sueño del dinero fácil. Estos jóvenes, que crecen en contextos sociales frágiles, donde las puertas del futuro aparecen cerradas, son tentados a emprender el camino de la delincuencia.Como sea, resulta un despropósito vincular la pobreza con el mal y con el delito, y hacer de los jóvenes que provienen de sectores sociales bajos el enemigo número uno de la sociedad.Eso sería olvidar los latrocinios recurrentes realizados por los corruptos de clases sociales económicamente más acomodadas, de los que se enriquecen ilícitamente aprovechando su posición social o de poder.Estos "no viven una pobreza material, pero sí otra, más honda, que los exilia del bien común y los lleva al robo y la estafa", refiere Miguel Espeche, psicólogo y coordinador del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano.Dicho esto, Espeche reconoce que la brecha social es una invitación para que los jóvenes de los barrios marginales, donde suele regir la ley del más fuerte, se organicen para delinquir, buscando la felicidad del dinero fácil.El prejuicio según el cual el delito es sinónimo de pobreza trasciende la Argentina. El ministro de justicia mexicano José Ramón Cossío Díaz, en un artículo aparecido en el diario 'El País' (España), advierte que la lucha contra la delincuencia corre riesgo de convertirse en una "lucha de clases".El tema es la representación social del delincuente que ha colonizado la opinión pública en México, una sociedad golpeada por la violencia del narcotráfico."Imperceptiblemente -escribe-, la acumulación de fotografías y vídeos, de dibujos y caricaturas, ha estandarizado la representación del contrincante. El enemigo en la guerra o lucha contra el narcotráfico es así: un joven pobre, violento, armado y peligroso, prácticamente salvaje, al que hay que vencer para recuperar o establecer la paz y seguridad de todos".Según Cossío Díaz, la fijación del enemigo-delincuente como estigma "juventud-pobreza-violencia" ha permitido ocultar a los que en la cima de la pirámide social corrompen, lavan dinero, trafican influencias, hacen fraudes fiscales y utilizan al Estado como botín económico.
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