La democracia es derecho a protestar
Que grupos sociales y políticos que no comparten la orientación del gobierno se manifiesten pacíficamente en la calle, forma parte de la vida en democracia, cuya esencia justamente reside en el disenso.La "marcha federal", convocada el viernes por agrupamientos opositores al gobierno de Mauricio Macri, es una expresión genuina del pluralismo de la sociedad argentina, más allá del juicio de valor que haga cada quien sobre el evento.Occidente hace tiempo dejó atrás los regímenes que pretendían imponer unanimismos ideológicos. Esos totalitarismos en los cuales el Estado imponía su verdad a los individuos, so pena de excomunión o cárcel.La sociedad nativa, sin embargo, todavía lidia con una tradición política que abrevó históricamente en ideologías fascistoides, refractaria del pluralismo. Es el "enano fascista" que anida en todo argentino, al decir de la periodista italiana Oriana Fallaci.Argentina pretende sumarse, en pleno siglo XXI, al lote de las sociedades abiertas, plurales y democráticas, donde de lo que se trata es de tramitar el disenso político y social.En estas sociedades el derecho a la protesta pacífica es un principio básico. Y el papel del Estado en estos casos es garantizar que el ejercicio de ese derecho no conduzca a actos delincuenciales asociados.El derecho a la protesta es el primer derecho. Eso piensa Roberto Gargarella, profesor de Derecho Constitucional en las universidades Torcuato Di Tella y de Buenos Aires (UBA)."En el núcleo esencial de los derechos de la democracia está el derecho a protestar, el derecho a criticar al poder público y privado. No hay democracia sin protesta, sin posibilidades de disentir, de expresar demandas. Sin protesta la democracia no puede subsistir", sostiene el especialista.La protesta, de este modo, se inscribe dentro del derecho más amplio de criticar al poder y es consecuencia directa del principio de la libertad de expresión, consagrado por la Revolución Francesa.La libertad de expresión suele ser asociada con el ejercicio de la libertad de prensa y de información. Pero en realidad involucra a manifestaciones discursivas de distinto tipo.Hasta hace poco la crítica parecía un ejercicio reservado a medios tradicionales de comunicación (periódico, radio, televisión, cine). Pero hoy las emergentes redes sociales (con Facebook y Twitter a la cabeza) se han convertido en herramientas fundamentales para canalizar el descontento o el disenso político.Es decir, en virtud de la libre expresión, uno puede expresar sus posiciones políticas e ideológicas en la calle o a través de Internet. El derecho a la protesta, en suma, es una manera de actualizar el ejercicio de la libertad de expresión, un principio fundante de la democracia.En el actual estado de desarrollo civilizatorio, pocas cosas importan tanto como el respeto y la tolerancia frente a las opiniones de quienes disienten con nosotros.Las sociedades modernas, globalizadas y fuertemente individualistas no aceptan los sistemas de pensamiento único, en los que se considera al que piensa distinto como un enemigo a eliminar o callar.Karl Popper, en su obra más famosa, "La sociedad abierta y sus enemigos" (1945), postula que la mejor tradición occidental reside en la libertad de pensamiento y en el disenso.En una sociedad abierta cada ciudadano puede involucrarse en la práctica del espíritu crítico, en la circulación de las ideas, en la protesta hacia el poder de turno, en un marco de libertad y siempre respetando las leyes.
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