La deriva autoritaria y el miedo a la libertad
Hay razones para suponer que los estallidos populares árabes podrían estar marcando el fin los regímenes dictatoriales. A la vez, el intento de vetar la visita del escritor peruano Mario Vargas Llosa revela la pervivencia de la mentalidad autocrática en estas pampas.El batallón de intelectuales K, encabezado por el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González y el filósofo oficial, José Pablo Feinmann, no logró impedir que la Feria del Libro sea abierta por el Premio Nobel de Literatura, porque el papelón internacional hubiera sido mayúsculo.La escritora española Rosa Montero, al respecto escribió: "No me cabe en la cabeza que un país tan sofisticado intelectualmente como Argentina, al que siempre admiré tanto culturalmente y que fue durante muchos años un modelo de modernidad y de cosmopolitismo para los españoles, esté ofreciendo un ejemplo semejante de intolerancia provinciana y retrógrada".Un intelectual, por definición, es alguien ajeno al poder en la medida en que con sus ideas trata de interpretar de un modo crítico qué es lo que pasa en su época, en la sociedad pero también en el gobierno.Cuando cambia de vereda, y pasa a colaborar con un grupo que ocupa posiciones de poder, ese intelectual deviene en agente de propaganda del régimen, o en su inquisidor de turno.El escritor mexicano Octavio Paz, también Premio Nobel de Literatura, cree que la falta de espíritu crítico y la adhesión al pensamiento uniforme (que no deja lugar para los réprobos) es un mal latinoamericano.Ya en 1969, escribió: "Nosotros todavía no aprendemos a pensar con verdadera libertad. No es una falla intelectual sino moral: el valor de un espíritu, decía Nieztsche, se mide por su capacidad para soportar la verdad. Una de las razonas de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad crítica".El ejercicio del poder que implique mando unilateral, sumisión colectiva, e intolerancia hacia el que piensa distinto, características de un régimen autocrático, tiene una larga tradición en América Latina.El autoritarismo no es patrimonio de ninguna ideología política determinada y puede estar presente en las de distinto signo, ya sean de izquierda o de derecha.El dictador Muammar Kadafi, de hecho, se define de izquierda. Basta leer sus declaraciones para darse cuenta que se está frente a un autócrata. "Quien no me quiere, no merece vivir" o "soy el que trajo la gloria a los libios", ha dicho.¿Hay en marcha una revolución democrática en el mundo árabe, que busca poner de pie ciudadanos en lugar de súbditos? Mientras la historia contestará este interrogante dramático, vale detenerse en el experimento autocrático.La ciencia política lo ha conceptualizado como sistema. Véase el caso del fascismo en Italia o en el nazismo en Alemania, donde hubo una aceptación del autoritarismo por quienes obedecen.En este caso existe una personalidad colectiva proclive a la sumisión espontánea. Fue Erich Fromm, en su célebre libro "El miedo a la libertad" (1947), quien captó la dialéctica psico-social de estos regímenes.Sostiene que hay una "simbiosis" entre el poder sádico del líder, afectado por el impulso irracional de dominación ilimitada de los demás, y el anhelo de sumisión masoquista del pueblo a un poder exterior omnipotente.En el fondo, dice Fromm, todo es un mecanismo de evasión de la libertad. El impulso de sumisión del gobernado supone el abandono de la independencia del yo individual para fundirse en alguien (líder), único protector y pensante.Ése es el significado psicológico de los regímenes autocráticos: el individuo busca alguien a quien encadenar su yo, porque no puede soportar su propia libre personalidad. Por tanto se fuerza por librarse de ella, echándose a los brazos del autócrata.Es el miedo a la libertad hecho sistema.
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