La deriva totalitaria de la democracia argentina
Argentina vive un clima de intolerancia casi irrespirable. Últimamente la irrupción de escarches para-oficiales recuerdan los peores métodos de los regímenes totalitarios.La lógica binaria amigo-enemigo, que impregna desde hace tiempo la filosofía política del actual gobierno, ha emponzoñado el espíritu público, instalando un peligroso clima de enfrentamiento.Que opinar distinto sea un delito destruye el corazón de la democracia, cuya esencia es la tramitación del disenso. Desde este punto de vista, el país está inmerso en un proceso de involución, que afecta la seguridad y las libertades públicas.Los episodios de las últimas semanas son gravísimos. Van desde afiches anónimos contra periodistas, en actos organizados por partidarios del gobierno, hasta agresiones a personas que presentan sus trabajos e ideas en la Feria del Libro.Lo más preocupante es que este uso de la violencia como herramienta de discusión política no haya recibido una condena abierta y contundente del gobierno nacional.La aparición de grupos de choque, que se apoderan del espacio público para intimidar y escrachar a entidades y personas, son otras variantes de esta lógica de la exclusión del otro.Algunos funcionarios han declarado con cinismo que éstas son "expresiones" legítimas del público. Otros voceros afines al oficialismo ensalzan el escrache como si fuera una épica moral, una epopeya justiciera, una gesta de la memoria colectiva.Frente a esta legitimación aberrante, debemos recordar que la táctica de amedrentar, perseguir, castigar, engendrar miedo en los que no comulgan con el dogma oficial, a quienes se descalifica como enemigos de la Patria, o de la causa Nacional y Popular, es un viejo método al que siempre han echado mano los regímenes totalitarios.El escritor Carlos Balmaceda, en un artículo publicado en 2006, en el portal salteño Iruya.com, trazó una inquietante fenomenología del escrache, señalando su perturbador maridaje con la violencia.En estas situaciones callejeras, dice, hay un grupo de personas que identifica al enemigo mediante signos intimidatorios que denotan ideas y valores políticosAquí es clave, comenta, una cosa: "los escrachadores actúan como ángeles que señalan al demonio, al que debe ser discriminado, encerrado, incluso al que debe ser exterminado según el canon del Poder de turno".Balmaceda señala que esta práctica, que es una condena sin juicio, está reñida con la ética basada en la dignidad humana. Y recuerda que la "puesta en evidencia pública" que busca el escrache, fue usada con extrema crueldad en la Alemania nazi.Esta ingeniería despreciable fue empleada con saña contra los judíos. Al principio, se marchaban sus casas con la estrella de David pintada en las paredes como graffiti. Lo que ya era una sentencia letal.Después los nazis utilizaron un mecanismo de escrache individual para clasificar burocráticamente a las víctimas. Y entonces los judíos debieron utilizar un brazalete amarillo sobre la ropa, para diferenciarse de los demás.Balmaceda advierte con lucidez la perversidad psicológica que entraña esta práctica: "El escrachador disfruta con el pánico que despierta en el escrachado. Es un gesto sádico típico del autoritarismo. En el escrache se subvierte el deseo de justicia y se da rienda suelta a la violencia ejercida con placer sobre el prójimo".Que la intolerancia, a través de estas prácticas, esté ganando la batalla en la Argentina, es un dato dramático para la democracia. Se olvida que el país cayó en la peor oscuridad cuando la lógica de la aniquilación del otro se impuso sobre el valor del disenso.
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