La economía como sensación colectiva
El consumo suele marcar el ritmo de la felicidad colectiva. De hecho los modelos económicos en Argentina gozaron de predicamento popular en épocas de "plata dulce".La cosa es más sensitiva y materialista de lo que se piensa. Los consensos sociales y políticos se obtienen en razón de esos momentos donde la mayoría de la población puede gastar dinero.Los militares en la Argentina fueron tolerados mientras funcionó una economía centrada en el consumo. Los historiadores hablan de las delicias de la "tablita" de Martínez de Hoz (devaluación pautada por debajo de la inflación)El esquema consistió en abaratar artificialmente el dólar (atraso cambiario), con el consiguiente consumo de productos baratos y de viajes al exterior; un dispositivo que enamoraría después a gobiernos democráticos.El artificio tenía la virtud de comprar un presente de bienestar pero al alto costo de comprometer toda la producción del país, que por el atraso cambiario se hundió en recesión.El final de la historia se conoce: los efectos nocivos de la tablita se hicieron sentir después, con estallidos devaluatorios, estando otros funcionarios al frente de la economía del país.No hay nada reprochable en que la gente quiera mejorar su bienestar. Y de hecho muchas personas cifran su dicha en el hecho de cambiar el auto, comprar un artefacto eléctrico, mudarse a una casa mejor o poder irse de vacaciones.El problema es si esta "economía de la felicidad" es consistente con la economía productiva de un país, o si se trata de una prosperidad artificial.Se ha dicho que los argentinos quieren consumir como los alemanes, pero no desean trabajar como ellos. La afirmación sugiere que el bienestar es producto del trabajo y de la producción, y no de cualquier otra alquimia.Sin embargo plantea también que es posible el "atajo", que se pueden crear modelos que estimulen artificialmente el consumo, sin reflejar la verdadera productividad del país.Estos modelos tienen la virtud de disimular su inconsistencia. Ocultan o maquillan desequilibrios macroeconómicos mayúsculos, gracias a los momentos de auge momentáneos de consumo.Suelen arrojar una imagen contradictoria en la cual las altas tasas de consumo (por ejemplo en comercios y shoppings) coexisten con caídas de la producción y de las exportaciones (derrumbe de las economías regionales).Pero estos modelos, aunque inconsistentes, traen bienestar emocional y suelen ser plebiscitados electoralmente. Es que la opinión general se mueve en función de la sensación de plenitud que arroja el consumo.Los gobiernos son afectos a este tipo de sensaciones colectivas de bienestar, porque suelen garantizar triunfos electorales. Se ha querido ver en la economía de los '90, al respecto, un emblema de esta estrategia.La convertibilidad con cambio fijo (y atraso cambiario) se financió con endeudamiento. Hasta que el modelo, que tuvo su boom de consumo, se agotó y le estalló a otro gobierno.Es llamativo ver cómo la dinámica económica tiene su propia lógica, independiente de la autoridad política. En Argentina es común que a los desaguisados económicos los pague otra administración.Aquí las crisis, como las enfermedades y los desastres naturales, se incuban mucho antes, justo cuando todo parecía estar bien. En economía se puede hacer cualquier cosa, menos evitar las consecuencias, decía Keynes.Por lo general las sociedades, proclives a medir su felicidad por el ritmo del consumo, ignoran los males de las economías inconsistentes, que acumulan desequilibrios a lo largo de los años.
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