La educación es lo que hace la diferencia
A un país lo hace grande y respetado la cultura de sus habitantes. Esto siempre ha sido así, aunque hoy más que nunca es aquí donde se juega el futuro de las sociedades.Sobre todo en la economía moderna, la competencia de las naciones se da en el plano del capital intelectual. En la capacidad que tengan para desarrollar habilidades científicas pertinentes."La riqueza no reside en el suelo ni en el clima. El territorio de la riqueza es el hombre", escribió entre nosotros Juan Bautista Alberdi, quien veía claramente la importancia estratégica de la educación y el valor del conocimiento.El mundo es cada día más complejo; en un contexto donde la actual revolución tecnológica ha acelerado el tiempo histórico. Todo lo cual implica un reto a la matriz intelectual de los países.El presidente uruguayo José Mujica, en un célebre discurso dirigido a los educadores, señaló que "no hay tarea más grande" para una sociedad que preparar a los jóvenes para interactuar con el nuevo paradigma.La clave pasa por "si nuestros chiquilines saben razonar en orden y saben hacerse preguntas que valen la pena", y eso "nos obliga a ir más lejos y más hondo en la educación", señaló.Por lo demás, la observación alberdiana sobre que la riqueza no reside en la naturaleza sino en el hombre, es un mensaje para los países latinoamericanos, históricos proveedores de materias primas.Hoy los precios de esos productos están en alza, por cambios operados en la economía mundial. El caso de Argentina es paradigmático: vive un ciclo de bonanza ligado fundamentalmente a la exportación de la soja y sus derivados.Sin embargo esta coyuntura favorable podrá hacer aumentar el PBI del país, pero no desarrollarlo. Para algunos críticos el modelo de la "sojadependencia más asistencialismo", es una calamidad.Y esto porque genera un atajo al verdadero desarrollo del siglo XXI, consistente en producir bienes y servicios de mayor valor agregado, sobre la base de educación, ciencia y tecnología.Para el periodista Andrés Oppenheimer, que acaba de editar un libro sobre el tópico ("¡Basta de Historias!"), los países latinoamericanos están demasiado inmersos en revisar el pasado histórico, y eso los distrae de su principal prioridad: mejorar la calidad de sus sistemas educativos.Se pregunta la razón por la cual no se debate por qué los jóvenes de nuestros países "están entre los últimos en los exámenes anuales internacionales PISA de matemáticas, ciencias y lenguaje"."O por qué no hay ninguna universidad latinoamericana entre las 100 mejores del mundo del ranking del Suplemento de Educación Superior del Times de Londres; o por qué apenas el 2% de toda la inversión mundial de investigación y desarrollo va a Latinoamérica", señala.En el caso argentino, Oppenheimer llama la atención sobre el hecho que mientras el país necesita desesperadamente ingenieros, agrónomos y geólogos para desarrollar sus industrias, las universidades estatales producen principalmente, psicólogos, sociólogos y abogados.En su opinión, es la sociedad civil argentina la que tiene que reaccionar ante esta situación, ya que a los gobiernos, preocupados por la próxima elección, no les interesa invertir en calidad educativa, una inversión cuyo fruto se ve en 20 años.Pero la educación no sólo pasa por la ciencia y la tecnología, en orden a desarrollar la economía de un país. Un enfoque excesivamente utilitario nos puede hacer perder de vista que ella está llamada a transformar a las personas, brindándoles la capacidad de comprenderse a sí mismas y al significado profundo de la vida.Un país no sólo necesita que sus miembros sepan aplicar el conocimiento para producir cosas útiles, con vistas a la riqueza. Sino que ellos sean también personas completas o, como dirían los griegos, virtuosas, capaces de hacer el bien y amantes de la verdad y la belleza.
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