La educación, entre la retórica y los hechos
Casi nadie duda del apotegma según el cual es imposible aspirar al desarrollo social y económico sin una educación de calidad. Pero una cosa es decirlo y otra cosa es llevarlo a la práctica.En Latinoamérica se ha convertido en un tópico muy debatido en el último tiempo, el tema de cómo pasar del crecimiento económico, a partir de que el mundo compra lo que produce, a una etapa de desarrollo.Las materias primas que se exportan, se argumenta, son condición necesaria pero no suficiente para el despegue humano y material de un continente que está atravesado por tremebundas desigualdades sociales.La clave, se cree, es la educación, entendida como herramienta que permite pasar a un estado superior en la escala de vida de los latinoamericanos. Sería como el "gran salto" hacia el desarrollo.Leer los discursos del presidente José Mujica, de Uruguay, nos pone frente a una estrategia que coloca todas las fichas en este frente, que hace girar el futuro en torno al despliegue de la matriz intelectual.Pero "una cosa es la retórica de la educación y otra cosa es que nos decidamos a hacer los sacrificios que implica lanzar un gran esfuerzo educativo y sostenerlo en el tiempo", dice.Mujica parece entender que la política es remisa a encarar empresas de este tipo. "Las inversiones en educación son de rendimiento lento, no lucen a ningún gobierno, movilizan resistencias y obligan a postergar otras demandas", señala."Pero hay que hacerlo -aclara-. Se lo debemos a nuestros hijos y nietos. Y hay que hacerlo ahora, cuando todavía está fresco el milagro tecnológico de Internet y se abren oportunidades nunca vistas de acceso al conocimiento".El mundo actual es más complejo, los retos a la inteligencia son mayores, y esto obliga a ir más hondo en la educación. "Si nuestros chiquilines saben razonar con orden y saben hacerse las preguntas que valen la pena", se construye futuro, dice Mujica.Mejorar la calidad de la educación, la ciencia y la tecnología, por otro lado, supone además desarrollar las fuerzas productivas de un país. Supone salir de una economía que depende de la venta de materias primas, a otra que produce bienes y servicios de mayor valor agregado.Andrés Oppenheimer, que acaba de escribir un libro sobre el tópico (¡Basta de Historias!), descree del interés de la mayoría de los políticos latinoamericanos sobre la educación.La revolución educativa, opina, debe venir de abajo. Hace falta el surgimiento de un movimiento ciudadano que presiona al gobierno y a la clase política."Es iluso pensar que los gobiernos van a mejorar la calidad educativa porque piensan en plazos de tres años, en la próxima elección, y la calidad educativa es una inversión cuyo fruto se ven en 20 años", escribió."La educación es demasiado importante para dejarla en manos de los gobiernos", opinó, al insistir en un movimiento social que arrincone a los políticos en busca de un compromiso con esta mejoría."El primer paso para mejorar la calidad educativa es reconocer que estamos mal", sostiene Oppenheimer, quien elogió la movida de los empresarios brasileños, los cuales crearon una fundación única con objetivos concretos en materia educativa."Crearon un gran movimiento nacional de preocupación ciudadana, con tanto éxito que la preocupación por la educación pasó del séptimo lugar al segundo sitio en la opinión pública, superada sola por los problemas de seguridad", dijo.Es bueno preguntarse, entonces, no tanto si a los políticos les interesa la educación, sino cual es el valor real que la sociedad argentina le asigna al conocimiento. ¿Qué importa más entre nosotros: el fútbol o la educación?
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