La épica del consumo o el monstruo amable
Desde hace décadas las sociedades han hecho del consumo su estilo de vida, de suerte que la política se ha subordinado a este designio. Se trata de una opción que descoloca a los que esperan una épica social distinta.Para quienes aún conciben la posibilidad de que el principio político le dé forma a la vida de las personas, otorgándole un sentido superior a sus vidas, la tendencia es todo un escándalo.Se diría que hubo un tiempo en el cual nada era imposible para la voluntad de poder. La Revolución Francesa, a fines del siglo XVIII, que destronó la monarquía feudal, llevó la política más allá.Libertad, igualdad, fraternidad, felicidad. Todo eso tenía que ser realizable por mediación de la militancia. Las cuestiones en torno al "sentido", de las que antes respondía la religión, se dirigieron entonces hacia la política.Apareció un impulso secularizador que transformaban las "cuestiones últimas" en cuestiones sociopolíticas. Lo que antes prometía la religión, la salvación, se convirtió en programa partidario.La emancipación del hombre -un símil de la bienaventuranza bíblica- sería el resultado de la praxis política orientada a transformar, radicalmente, la sociedad.Una frase de Carlos Marx condensó el plan: "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo".Pero esta esperanza revolucionaria ha declinado. Hoy muchos politólogos opinan que la "apoliticidad" es una marca de época. O más bien se ha bajado dramáticamente la pretensión de cambiar las cosas.Ahora se trataría de adaptarse al principio de autoconservación y de aspirar a una vida "feliz" en la medida de lo posible. En términos políticos la fórmula sería: administrar el statu quo.Pero detrás de esta adaptación a lo dado jugaría un factor gravitante: el consumo de mercaderías, que se ha convertido en la pulsión más universal y característica de las sociedades del siglo XXI.¿Es que acaso el mundo se ha vuelto de "derecha", si con ese término se alude a dejar las cosas como están, para que las personas puedan dentro del capitalismo gratificarse yendo al shopping?El intelectual de izquierda italiano, Raffael Simone, contesta afirmativamente. Según él, el consumo adormece la conciencia emancipadora que la izquierda representó históricamente.La tesis aparece en su último libro, "El monstro amable", y en el titulo está cifrado el diagnóstico de época: el capitalismo (es decir la derecha), ya no atemoriza. Ha logrado hacerse obedecer mediante la seducción de la mercancía."Bajo el monstruo amable todo será fluido, divertido, fun. Nadie se sentirá triste, todos tendremos la sensación de estar mejor y más contentos. El monstruo amable no destruye: perturba, comprime, enerva, apaga, atonta. Lo único que hará falta será acostumbrarse a pagar la cuenta (acaso a plazos o con tarjeta de crédito)", escribe.Simone sostiene amargamente que la izquierda o el progresismo se han quedado sin programa, sin nada que ofrecer, salvo la promesa de alentar también los modelos económicos de consumo, convirtiéndose así en parte del monstruo amable.En el siglo XIX, en la "Democracia en América", Alexis de Tocqueville ya había escrito: "Los pueblos están menos dispuestos a las revoluciones a medida que entre ellos se multiplican y diversifican los bienes inmuebles y crece el número de quienes los poseen".
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