Editorial |

La experiencia turística: un juego de dos actores

Todo depende del lugar que cada uno ocupa en el turismo, visto en términos de intercambio social: como anfitrión que abre las puertas de la ciudad o como visitante que llega en viaje de placer. No se trata de expurgar al “encuentro” turístico de su índole económica, como si se tratase de una interacción por motivos ideales. De ninguna manera: el turismo es una industria. En este sentido, la interacción entre el anfitrión y el invitado es muy parecida a la que tiene lugar entre cualquier proveedor de servicios y su cliente. Lo que cambia es la naturaleza del negocio. El consumo turístico involucra productos y servicios específicos para un demandante (turista) en tiempo de ocio al que una oferta (anfitrión) trata de satisfacer. Aquí el “qué se ofrece” y el “cómo se ofrece” es un tópico que devela a la comunidad receptora, entendida como un colectivo que acoge turistas, se organiza y se especializa para ese fin. Las posibilidades de la oferta hacen a los dones de la ciudad que aspira a atraer visitantes, porque en esta actividad encuentra la manera de producir ingresos económicos. Paisajes, espectáculos, playas, cultura propia, alojamientos, termas, gastronomía y plato típico, en fin, esas posibilidades son muchísimas y están conectadas con la capacidad de invención y creatividad de los proveedores de experiencias turísticas. Pero es importante no perder de vista que el turismo, tal cual hoy lo conocemos, es un fenómeno que socialmente se identifica con el desempeño de dos roles fundamentales, el de anfitrión y el de turista. Ambos roles son construcciones sociales, en el sentido de que responden a expectativas, prácticas, representaciones y códigos de conducta específicas. Los roles existen independientemente del individuo que los represente. Las personas pueden interpretar alguno de estos roles, dependiendo de la posición que ocupen en distintos momentos. Si pertenecen a la comunidad receptora de turistas, harán las veces de anfitriones. Si se desplazan hacia un lugar fuera de su residencia habitual y permanecen allí durante un tiempo invirtiendo en productos y servicios turísticos, entonces cumplirán el rol de turistas. En cualquiera de los dos casos, en el consumo turístico, siempre se produce una interacción entre los dos actores de la actividad. En uno y otro caso, el rol puede ser interpretado por un individuo o un grupo de personas. En la literatura turística se postula que la actividad surge de este encuentro, y de hecho se enfatiza que es constitutivo de ella la “alteridad”, de suerte que el negocio depende de que la relación entre ambos agentes sea satisfactoria. El anfitrión es visto como el espejo del turista, es decir como el “otro” frente al que el turista se construye, aquel nativo a quien el turismo debería beneficiar. El habitante de la comunidad receptora es quien acoge al turista, y en muchos casos es quien le da vida y carácter (con su hospitalidad, por caso) a ese entorno de experiencias que satisfarán o no al visitante. Se habla de anfitriones activos y pasivos. Los primeros son los que atienden directamente al visitante y están enrolados dentro de los prestadores turísticos (personal de hoteles, de restaurantes, de playas, etc.). En tanto los anfitriones pasivos son los habitantes del destino turístico, se trata de aquellos que, sin estar vinculados directamente con la industria sin chimenea, sin embargo interactúan con el turista, haciendo confortable o no su estadía.    

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