La felicidad, esa meta tan esquiva
Una sensación de éxtasis, un estado de gracia, algo que se asemeja a la bienaventuranza bíblica. Eso suele connotar la palabra "felicidad", que resume la meta hacia la cual se orientan los deseos humanos.Los estudios científicos sobre el tópico vienen en alza. Desde la neurociencia y la psicología experimental, por ejemplo, se trata de determinar la esencia de esta aspiración.El psicólogo Abraham Maslow opinaba que existen algunas necesidades humanas que deben ser satisfechas si queremos ser felices. Éstas van desde las vinculadas a la fisiología (funcionamiento adecuado de las funciones corporales) y la seguridad (techo, empleo, salud) hasta las relacionadas con el amor y el afecto, el reconocimiento y, finalmente, la realización personal.En Occidente la felicidad es sinónimo de bienestar. En la sociedad de consumo se afirma que la plenitud se encuentra en la posesión de bienes materiales y en la diversión.Sin embargo, aunque la economía y la técnica han logrado que muchas necesidades (como las formuladas por Maslow) hayan sido cubiertas largamente, persiste sin embargo un fondo de insatisfacción.En una época el auto fue un bien de lujo, parecía algo inalcanzable para la mayoría de los mortales. Resulta que ahora todo el mundo tiene auto. Lo mismo cabría decir de miles de objetos.Ahora bien, se ha visto que ante cada nueva posibilidad (abierta por esos artefactos), se han creado también nuevos deseos. Y estos nuevos deseos llevan, forzosamente, a una excitación. Es decir: un deseo apenas satisfecho vuelve a renacer.El filósofo Arthur Schopenhauer creía que aquí radica la defectuosidad constitutiva de nuestra ser: el deseo, que aspira a satisfacerse a toda costa, es incalmable. He ahí nuestro mal irremediable.La vida del hombre, decía el alemán, se encuentra atrapada en el círculo infernal del "querer", que hace alternar, sin tregua, espera, satisfacción ilusoria y, de nuevo, el dolor de la espera, sin que se pueda jamás salir del círculo.¿Es entonces la felicidad una quimera, una ilusión inventada por el hombre para disimularse a sí mismo que la vida es incurablemente desdichada, como sostienen los pesimistas de todos los tiempos?Además, ¿cómo entender el dolor y el sufrimiento en el conjunto de una concepción de la felicidad identificada con el placer y la alegría? Si el bien supremo es la dicha, ¿por qué existen el fastidio y el agobio?Al respecto Roxana Kreimer, licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, acaba de reflexionar en un artículo que "quizá lo que deberíamos buscar no es la felicidad sino un sentido de la vida".No se trata, dice, de querer "estar brincando todo el día", en un estado de éxtasis y jubilo perenne, como propone cierto optimismo insustancial, que predice la sonrisa permanente.Esa es una postura irreal que desconoce que "el sufrimiento es parte inevitable de la vida", sostiene Kreimer. La existencia, en realidad, está hecha de cosas que demandan esfuerzos considerables, sacrificios mayúsculos, con dosis extraordinarias de displacer."Traer hijos al mundo, aprender algo complicado, ensayar una comida nueva y tropezar con toda suerte de dificultades por el camino, consagrarnos a un ideal político, escalar una montaña en condiciones climáticas adversas: todas estas son experiencias que conllevan altas dosis de emociones negativas y, sin embargo, son desarrolladas porque dan sentido la vida", destacó la académica.
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