La frustración, el mal siempre latente
La discrepancia insalvable entre el deseo y la realidad está en el núcleo de la existencia humana. Ninguna sociedad se salva, al respecto, de tener que lidiar con el malestar asociado a esta brecha.Los economistas hablan de "frustración consumista" para describir una situación en la que una sociedad, acostumbrada a identificar su dicha a consumos crecientes, de repente ya no puede darse los gustos que se daba antes.Una caída del poder adquisitivo lleva inexorablemente, así, a una sensación de desasosiego y malestar. La llamada clase media, un estrato históricamente vinculado en forma directa al consumo, suelen sufrir más que otras esta privación.En sentido inverso, una sensación de bienestar y de plenitud se registra cuando la adquisición de objetos se halla en un punto ascendente, cuando el poder de compra se acerca al nivel aspiracional material.Pero el sociólogo Zygmunt Bauman niega que en la "sociedad líquida" -como él le llama a la contemporánea- pretenda cerrar definitivamente ese desgarro entre las aspiraciones y su realización efectiva, porque eso sería, dice, abolir el encanto que tiene.El poder de seducción de la actual sociedad, sostiene Bauman, se asienta en el hecho de que los deseos permanezcan instatisfechos, que es la piedra de toque del funcionamiento del sistema económico, que necesita de consumidores voraces, siempre deseantes.El problema son los "efectos colaterales" de mantener, en forma interminable, o más bien de azuzar deliberadamente, la brecha entre las expectativas y las promesas de consumo y su efectivo cumplimiento.La corriente de consumo resulta, así, en una formidable fábrica de frustraciones y de neurosis. Y esto por el simple hecho de que la capacidad adquisitiva siempre está por debajo del acceso a los medios deseados.Esta asimetría entre las expectativas y los medios de logro estaría en la base, según otros sociólogos, de la criminalidad contemporánea. Eso sostiene, por ejemplo, el chileno Armando Campos Santelices, en su libro "Violencia Social"."Esta disparidad convertiría al consumismo -especula- en una fuente inagotable de 'frustaciones', movilizadoras de resentimiento y en muchos casos de opciones violentas para el logro adquisitivo".Se parte del supuesto de que todo aquel que no puede consumir productos promocionados por el mercado se debe sentir infeliz, por lo que hará todo lo que tenga a su alcance (incluso cometer delitos) para lograr esas cosas."La frustración aparece cuando el sujeto verifica sus propias dificultades o impedimentos para adquirir más allá de lo que puede", razona Campos Santelices.Pero la frustración no sería patrimonio de un sistema económico (en este caso el capitalismo) sino que está en la base de la condición humana, diría Arthur Schopenhauer, para quien el hombre está tironeado entre su aspiración ilimitada y su capacidad limitada.Según este filósofo del siglo XIX, el hombre "no es más que voluntad, deseos encarnados, un compuesto de mil necesidades". El problema, dice, es que la naturaleza de ese deseo, que aspira a satisfacerse a costa de todo, es incolmable, apenas satisfecho vuelve a renacer.Schopenhauer cree, de hecho, que ahí radica la defectuosidad constitutiva de nuestro ser, nuestro mal irremediable, que por encima de todas las utopías pensables carece de solución.Bajo este punto de vista la frustración, que es la discrepancia entre el deseo y la realidad, está siempre latente.
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