La gestión humana ante la biodiversidad
La idea de mantener la naturaleza en toda su integridad es ilusoria. El hombre la transforma para producir cosas útiles que le sirven para vivir. Sin embargo, debe medir las consecuencias de esa modificación en relación con los procesos vitales. Es decir, si bien toda acción humana implica una ineludible alteración del entorno natural, ello no significa discrecionalidad absoluta sobre bienes que, más allá del derecho de propiedad, son comunes a la especie humana.El límite a esa transformación lo impone la preservación de la biodiversidad, que como el nombre lo indica ('bio' significa "vivo" y 'diversidad' se refiere a "variedad"), involucra la variedad de seres vivos existentes en el planeta.La necesidad de un compromiso ético con la diversidad biológica es reciente y surge a partir de considerar que el sistema biótico del planeta corre peligro, amenazando la propia vida del hombre.La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha fijado el 22 de mayo como el Día Internacional de la Diversidad Biológica, con el propósito de informar y concientizar a la población y los Estados sobre la importancia de proteger la amplia variedad de los seres vivos sobre el planeta.Hay una tendencia a considerar que los seres valen en relación con el hombre. Desde este punto de vista, como éste depende de las especies vivientes del planeta para sobrevivir, de allí se desprende que debe cuidarlas.Es decir, la diversidad biológica es importante porque ofrece un gran número de bienes que sustentan la vida del homo sapiens. Necesitamos cuidarla sólo porque y en la medida en que la necesitamos, ya que sin ella no podríamos subsistir.Ahora bien, hay quienes piensan que este argumento a favor de la ecología sigue pecando de antropocentrismo, una filosofía que viene rigiendo el trato humano con la naturaleza hasta acá, y que nos habría llevado justamente al cambio climático y al colapso de varios ecosistemas.María Teresa La Valle, una académica argentina que aborda el medio ambiente desde la filosofía y la ética, suscribe la teoría de que detrás del desbarajuste ecológico reside la concepción de que la naturaleza está a nuestro servicio.Esta idea errónea, sostiene, según la cual el hombre es la medida del universo, lo ha conducido a utilizar el entorno egoísticamente, en función de sus deseos de dominio y bienestar.De aquí se desprendería otro error garrafal: la idea de que los recursos son infinitos, que todos son sustituibles y que están ahí siempre, algo que ha sido desmentido por los hechos, tras más de dos siglos de industrialismo."Es importante saber que nosotros no somos nada más que un elemento en el ecosistema. No somos el centro del universo. Cosa que nos cuesta, porque a todos nos gusta pensar que somos el centro de todo", le dijo a este diario La Valle, al discutir la filosofía que concibe a la naturaleza alrededor del ser humano.Desbancar al hombre de su pedestal frente a la naturaleza supone, así, considerarlo un ser vivo más, al lado de plantas, animales y microorganismos.En esta combinación de formas de vida y sus interacciones mutuas, el hombre es parte (y no el centro) de ese todo que es la Tierra. Sin embargo, el modo de vida que ha adoptado, en un contexto donde ningún sitio del planeta ha quedado fuera de su intervención, lo ha hecho caer en un extrañamiento respecto de su propio hábitat.
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