La globalización de la insatisfacción
Una ola de indignación se apodera del siglo XXI: protestas, tumultos, motines en Europa, Medio Oriente, en América Latina. Pero sigue siendo un enigma la naturaleza de tanta exasperación.Lo llamativo es lo ecuménico de los estallidos. No es algo constreñido a una geografía política, a un país. La globalización proponía la ataraxia, el estado de ecuánime insensibilidad que los estoicos creían alcanzar por el dominio de las pasiones.Nada de eso: lejos de la resignación satisfecha, un fastidio, un enojo, un hartazgo recorre la sociedad civil mundial, aunque se trate de un malhumor indescifrable.Como es inocultable la presencia juvenil en muchas de estas manifestaciones que ponen en cuestión el statu quo, hay quienes las comparan con el mayo francés de 1968.Pero a diferencia esa revuelta estudiantil, los indignados del siglo XXI no proponen un cambio violento y revolucionario de la sociedad ni su programa tiene el radicalismo de otra época.El movimiento más bien luce reformista y democrático. Pero si no quieren revolución, ¿Qué quieren? ¿Tener más injerencia en la vida pública? ¿Rechazan el actual modelo de desarrollo, de índole capitalista?¿No les gusta la destrucción del equilibrio ecológico, las aglomeraciones, los suburbios infernales, los estragos psíquicos de la adolescencia, la violencia del narcotráfico, la corrupción del poder, la desigualdad social?Hace poco un analista, al tratar de explicar el por qué del fenómeno, explicó que hoy a los jóvenes no les convencen las condiciones de vida que propone el consumismo. Deseoso de vivir una verdadera comunidad, perciben que el modelo del "tener" fragmenta y separa a los hombres.Están los que opinan que las explosiones sociales seguirán, que serán parte incluso del sistema, porque son una descarga, una especie de catarsis, ante el vacío existencial que aqueja a una generación desorientada.Esta descripción abona el diagnóstico de disgregación de discursos y el quiebre de los grandes relatos que el francés Jean Fracois Lyotard atribuyó a la postmodernidad.Un símbolo de época son los activistas de la Web, que desafían las estructuras políticas de la sociedad tradicional (los Estados nacionales, los partidos, las profesiones, las tradiciones y las instituciones históricas).Las nuevas tecnologías de la comunicación son conceptuadas, dentro de esta dinámica de ruptura con el orden establecido, como "tecnologías de la liberación".Gracias a estos instrumentos la sociedad civil se auto-organiza, por fuera de los liderazgos habituales y de los poderes instituidos. De esta manera surge un estilo de concentración más creativo y volátil que el de la masa clásica.Como sea, sigue siendo un problema la identificación ideológica de estos grupos auto-convocados. Más allá de que aparezcan como portavoces de la no aceptación del estado de cosas y herederos contemporáneos del espíritu de rebeldía.La primavera árabe, los indignados de Europa y Estados Unidos, y sus variantes en América Latina, pueden ser vistos como expresiones de una crisis al interior de la globalización, que es experimentada por mucha gente como algo enajenante.Sin embargo no se vislumbra en estos reclamos una propuesta nítida, una hoja de ruta, un objetivo con contenido y significado, un programa que unifique las acciones y el lenguaje.Sólo hay un registro de la insatisfacción. Una situación ambigua que recuerda a Michel de Montaigne, quien dijo: "A quienes me preguntan la razón de mis viajes, les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco."
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