La globalización sigue siendo de carne y hueso
El colapso griego, y su contagio al resto de los países, muestran una vez más que debajo de la arquitectura de los ingenieros sociales persiste un mundo hostil y amenazante.¿Cómo valorar el proceso de la globalización ante estos temblores financieros, que suelen acarrear dolores sociales ecuménicos? Por lo pronto, estos hechos desmitifican su versión radical y mesiánica.En efecto, detrás de la idea de la globalización late el utopismo de una elite tecnocrática que aspira conducir a la humanidad a un estado de perfección.La llamada aldea global, bautizada así por Marshall McLuhan, ha sido celebrada con espíritu cuasi-religioso, como si el hombre hubiera alcanzado en ella un estado de gracia.La fenomenal interdependencia entre los países, que implicó un proceso de mayor permeabilidad humana, alimentó en muchos la ilusión de que se había entrado en una fase de prosperidad, paz y orden.Quizá la revolución informática que acompaña el fenómeno, que viene barriendo con las fronteras de los particularismos, y gestando una conciencia planetaria, indujo a creer en la creación de una sociedad universal cuyo dato distintivo sea la fraternidad.Ahora bien, no es lo mismo aceptar que se está ante un medio capaz de redistribuir riqueza a escala planetaria, o ante un instrumento extraordinario para acercar a los pueblos, que absolutizar un proceso al punto de sacralizarlo.Lo que se discute es la renuncia a considerar este proceso como una realidad humana, y por tanto perfectible, para verlo como una entidad técno-económica autosuficiente, cuyo sentido se justifica por sí solo.No es la primera vez que el hombre recae en esta fantasía de querer instaurar un orden sobrehumano a través de una ingeniería social, o mediante un cambio externo de las estructuras.Si uno mira hacia atrás, encontrará que alguna vez se fantaseó con eliminar el conflicto humano, con limpiar la tierra del mal, mediante el dogma comunista de la abolición de la propiedad privada.Dicha abolición llevaría, según la frase de Engels, a un estado de inocencia "sin soldados, ni gendarmes, ni policías, prefectos o jueces, ni cárceles, leyes o pleitos", y de acuerdo a Lenin y Bujarin, a una paz eterna.Sabemos que este audaz intento terminó con la instauración de un régimen odioso, en un gran experimento carcelario, en la que un Poder absoluto, en nombre de la igualdad, asesinó a millones y pisoteó la dignidad humana.También los nazis deliraron con construir una sociedad y un hombre nuevo, con "transformar la naturaleza humana" -al decir de Ana Arendt- a través de la mutación biológica.La raza elevada a absoluto divino, no trajo redención sino la aplicación de un sofisticado y terrorífico sistema de exterminio, cuya atrocidad demencial fue algo inconcebible que ensombreció como nunca la condición humana.Quizá la profunda insatisfacción con el mundo tal como es, el aborrecimiento de última al orden humano, el repudio a los conflictos inherentes a la historia, han fogoneado estas manipulaciones radicales totalitarias.Finalmente, los sistemas sociales son como sus creadores, los hombres. Y los hombres son incurablemente imperfectos, sometidos a la tensión metafísica entre el bien y el mal.La globalización, en este sentido, debe ser leída en clave humana. El estallido de la interdependencia planetaria, conlleva también estallidos sociales en su seno, a la luz de la bancarrota en el mundo rico.Bajo esta luz, la globalización en sí misma no es, a priori, ni mala ni buena, y de hecho la interrelación que promueve no debe ser impugnada. No hay que perder de vista que detrás de estas estructuras sofisticadas, a modo de fachada, subsiste el mismo hombre de carne y hueso.
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