CUANDO EL CAMPO ENTRERRIANO FUE “HACER LA AMÉRICA”
La gran inmigración italiana: el fenómeno que tejió nuestras raíces y cambió la historia
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Incontables familias argentinas pueden rastrear sus orígenes en los cientos de miles de italianos que arribaron al país entre mediados del siglo XIX y principios del XX. En el departamento Gualeguaychú, decenas de familias oriundas de las montañas y valles veroneses conformaron la Colonia Morán y la Colonia Italiana, dejando una vasta descendencia y un fuerte legado en nuestras comunidades.
Cada 3 de junio se celebra en Argentina el Día del Inmigrante Italiano, en homenaje al nacimiento del General Manuel Belgrano, prócer de la Nación y destacado hijo de un inmigrante nacido en Oneglia, Génova. La fecha reconoce el enorme impacto de las masivas oleadas de italianos que llegaron al país entre mediados del siglo XIX y primeras décadas del XX, transformando para siempre la población, cultura, gastronomía e identidad argentina.
En vísperas de esta efeméride, el texto que sigue a continuación busca adentrarse un poco más en este fenómeno demográfico sin precedentes, que es tanto parte fundamental de nuestra historia nacional como así también el origen de incontables familias argentinas: desde las causas y flujos de la migración en el país hasta las experiencias y memorias la vida de los colonos italianos en Entre Ríos.
El sueño de “hacer la América”, en números
De acuerdo con las memorias de la Dirección General de Inmigración y los datos consolidados de los Censos Nacionales de Población de 1869, 1895 y 1914, entre los años 1857 y 1914 ingresaron al país aproximadamente 2.284.000 italianos. Esta impresionante masa humana representó el 46% del total de los extranjeros que arribaron a las costas argentinas durante ese período aluvional, superando de manera holgada a la corriente española, que se ubicó en un segundo lugar con el 32%. El flujo migratorio, lejos de ser lineal, se concentró en fases muy marcadas por los vaivenes políticos y económicos de ambos lados del Atlántico.
Durante una fase temprana, que abarca desde 1857 hasta 1879, los ingresos fueron moderados, pero constantes, promediando entre 10.000 y 15.000 personas por año. En este primer momento predominaron los migrantes del norte de Italia con un oficio definido o un pequeño capital. Sin embargo, la consolidación del Estado Nacional argentino y la sanción de la Ley Avellaneda de inmigración y colonización en 1876 prepararon el terreno para el primer gran pico aluvional, registrado en la década de 1880.
Atraídos por la vertiginosa expansión del ferrocarril y las oportunidades en las colonias agrícolas, miles de italianos desembarcaron en el puerto de Buenos Aires, alcanzando un pico intermedio en el año 1889 con el arribo de más de 88.000 personas en un solo año. Esta aceleración sufrió un freno abrupto debido a la crisis financiera local de 1890, conocida como la crisis de la firma Baring Brothers, la cual paralizó temporalmente la llegada de barcos y disparó el retorno masivo de trabajadores a Europa.
Superada la crisis del noventa, se inauguró el período de mayor volumen histórico entre 1901 y 1914. Durante este ciclo de expansión urbana e industrialización temprana, la llegada de italianos batió todos los récords de la historia demográfica local. El año de oro absoluto fue 1906, cuando se registró el ingreso de 127.348 ciudadanos italianos, seguido por otra oleada notable en 1910 con más de 102.000 arribos. Toda esta dinámica se interrumpió de manera tajante en agosto de 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que obligó al cierre de las rutas marítimas y convocó a miles de jóvenes inmigrantes a regresar para enrolarse en el ejército de su país natal.
A la par de estos cambios cuantitativos, los registros del Consulado de Italia y del Hotel de Inmigrantes evidencian una profunda mutación geográfica en las regiones de origen de los recién llegados. Hasta 1880, entre el 65% y el 70% de los contingentes provenían del norte industrializado, principalmente de Liguria, Piamonte, Lombardía y el Véneto. A partir de 1890, el eje migratorio sufrió un giro rotundo hacia el sur del territorio italiano. A partir de entonces, las regiones con mayor densidad expulsora pasaron a ser Calabria, Campania y Sicilia, modificando la composición lingüística y cultural de las comunidades asentadas en Argentina.
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El fenómeno se explica por múltiples causas, tanto de expulsión como de atracción. En Italia, la unificación de 1861 no resolvió las asimetrías estructurales, lo que generó una asfixiante presión fiscal sobre el campesinado, la destrucción de las economías artesanales y el impacto de la "gran depresión agraria europea" (entre 1873 y 1896, aproximadamente), que desplomó el precio del trigo y sumió a millones en la miseria. Al mismo tiempo, Argentina funcionaba como un polo irresistible por su baja densidad demográfica, salarios agrícolas que superaban a los europeos, pasajes subsidiados, libertades civiles garantizadas por la Constitución de 1853 y activas redes de solidaridad familiar.
Las estadísticas de la Dirección de Inmigración matizan el mito del asentamiento puramente rural de estos extranjeros. Aunque entre un 35% y un 45% se registraba como agricultor al ingresar, entre el 60% y el 65% declaraba un oficio manual o ser jornalero urbano (albañiles, sastres, mecánicos). Debido al alto costo de la propiedad en Buenos Aires y al predominio del latifundio, muchos de los que buscaban trabajar la tierra terminaron como arrendatarios temporales o se volcaron a la construcción, el comercio y el transporte en las ciudades.
Esta realidad concentró los asentamientos en la región agroexportadora del litoral. Grandes áreas urbanas como Buenos Aires y Rosario absorbieron la mano de obra operaria, configurando enclaves como el barrio porteño de La Boca. En contraposición, las colonias agrícolas estables prosperaron en la "Pampa Gringa" de Santa Fe (Rafaela, Esperanza) y el este de Córdoba, donde los inmigrantes —en su mayoría piamonteses— lograron ser propietarios rurales. Asimismo, lideraron economías regionales clave como la vitivinicultura en Mendoza y San Juan, y la fruticultura en el Alto Valle del Río Negro.
El impacto demográfico de este proceso transformó estructuralmente a la sociedad argentina. Los censos de 1895 y 1914 revelan que casi el 30% de los habitantes del país eran nacidos en el exterior, cifra que superaba el 50% al aislar a los varones adultos de la Ciudad de Buenos Aires. Al no poder acceder masivamente a la tierra, millones de italianos engrosaron los conventillos y barrios periféricos, acelerando la transición de Argentina hacia una sociedad urbana y cosmopolita.
Entre Ríos, tierra fértil donde echar raíces
En nuestra provincia, la inmigración italiana tomó una forma muy particular que la diferenció del modelo portuario de Buenos Aires. Mientras que el Censo Nacional de 1869 registraba una presencia italiana incipiente y muy localizada en los puertos fluviales, para el Censo de 1895 y el de 1914 se hizo evidente un salto de escala notable, donde los italianos pasaron a constituir la columna vertebral del desarrollo agrícola y comercial del este y centro de la provincia, transformando tierras vírgenes en un entramado productivo de colonias oficiales y privadas.
A diferencia del posterior aluvión migratorio nacional que provino predominantemente del sur de Italia, los agricultores que se asentaron en Entre Ríos entre 1870 y 1890 llegaron en su inmensa mayoría desde las regiones del norte. Las estadísticas de la administración de colonias y los registros parroquiales locales identifican un protagonismo de inmigrantes nacidos en el Véneto, Lombardía y Friuli-Venecia Julia.
A diferencia de otras regiones donde la propiedad rural tendía a concentrarse en grandes establecimientos, Entre Ríos promovió el poblamiento mediante colonias agrícolas, venta de tierras fiscales y mecanismos que facilitaban el acceso gradual a la propiedad. Para muchos campesinos del norte de Italia, acostumbrados al arrendamiento o a explotaciones insuficientes para garantizar el progreso familiar, la posibilidad de establecerse en una chacra propia representaba una oportunidad excepcional de movilidad social y estabilidad económica para las generaciones futuras
Geográficamente, los agricultores italianos tendieron a concentrarse inicialmente en determinadas colonias agrícolas que actuaron como núcleos de asentamiento y expansión demográfica. Un foco importante se desarrolló en el departamento Federación con la fundación de Colonia Libertad en 1879, donde se estableció un importante contingente de inmigrantes procedentes de la región del Friuli. Al mismo tiempo, la presencia italiana se consolidó en el departamento Colón, reforzando la experiencia iniciada décadas antes en la Colonia San José, una de las primeras colonias agrícolas organizadas del país. También adquirieron relevancia diversos asentamientos del departamento Paraná, entre ellos Colonia Avellaneda y María Luisa.
Con el crecimiento de estas colonias y el aumento de la población nacida en ellas, numerosos inmigrantes y sus descendientes se establecieron progresivamente en otras áreas de la provincia. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, la presencia de familias de origen italiano era visible en distintas zonas rurales de los departamentos Villaguay, Tala y Gualeguaychú, donde participaron activamente en la expansión de la agricultura cerealera y forrajera. Entre los cultivos más importantes se encontraban el trigo, el maíz, el lino y la alfalfa, productos que contribuyeron a diversificar la economía entrerriana y a fortalecer su integración en los mercados nacionales e internacionales.
A su vez, el crecimiento de estos núcleos rurales contribuyó al surgimiento y consolidación de pueblos y centros de servicios vinculados a las actividades agropecuarias, muchos de los cuales se desarrollaron en torno a estaciones ferroviarias, parroquias y espacios de intercambio comercial.
Colonia Morán y Colonia Italiana: de las tierras altas veronesas a la llanura del sur entrerriano
Un caso paradigmático es el de los veroneses que conformaron la Colonia Morán y luego la Colonia Italiana, en el departamento Gualeguaychú. Sus orígenes y el devenir de las familias fundadoras fue rescatado en buena medida por Dora Noemí Spiazzi, profesora de Historia oriunda de Urdinarrain y descendiente de aquellos pioneros. En su libro “La ricerca delle radici” (La búsqueda de las raíces), Spiazzi identifica su apellido junto al de los Tommasi, Fraccarolli, Ledri, Marogna, Esterzi, Londra, Ronconi, Espósito, Denardi, Cusinatto y Tomé como algunos de los protagonistas de esta aventura.
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Según expone la autora, en la década de 1880, un miembro de la familia Morán que se encontraba de viaje por Italia tomó contacto con las familias del valle de la Valpolicella, al norte de Verona, y les ofreció trabajar los campos de su familia en Entre Ríos. La oferta no era extraña para estas comunidades, que a menudo les llegaban noticias de otros coterráneos y parientes que habían migrado a la Argentina y los alentaban a hacer lo mismo.
Fue así que unas 40 familias fueron “reclutadas” por Morán en Italia y muchas llegaron a mediados de 1883, como la de Ángel Giacopuzzi, quien dejó asentado que junto a él se establecieron en los Campos de Morán 27 familias italianas: Brescasin, Denoni, Fiorotto, Melchiori, De Zan, Giordano y Fumaneri, son algunos de los apellidos que figuran hacia 1887 entregando cereales en estos campos. Hasta 1897 siguieron llegando de a poco otros “clanes” familiares, muchos ya con hermanos o primos ya emigrados.
Provenían de pequeños núcleos como Prun, Negrar, Cerna, Spiazzi, Ronconi, Boar, Sant’Anna d’Alfaedo, Fumane, Ledri, entre otros. En las laderas de la Valpolicella, los hombres construían kilómetros de marogne, muros de piedra seca, para sostener los viñedos en terrazas. En las zonas más altas, como Prun, la agricultura se combinaba con el peligroso oficio de la extracción en las canteras de piedra caliza. El invierno sumaba actividades como la producción de carbón vegetal en los bosques de la Lessinia.
Era una economía de la resistencia, regida por el hacinamiento en casas de piedra e inviernos crudos, mitigados por el calor de los animales con quienes compartían hogar y las noches de filò. Esta última era una costumbre social fundamental: mientras las mujeres hilaban lana, desgranaban maíz o remendaban ropa, los hombres realizaban pequeñas artesanías, transmitían conocimientos sobre las cosechas y contaban historias, leyendas populares, chismes del pueblo y cuentos de fantasmas para asustar a los niños.
La Colonia Morán estaba emplazada en el departamento Gualeguaychú desde 1880, aproximadamente, dentro del triángulo formado por las Ruta Nacional N 12 y la Ruta Provincial N 16, hasta la línea que une las localidades de Cuchilla Redonda con Médanos y Alarcón. Tenía entre 70 y 80 mil hectáreas.
Más tarde, hacia 1902, surgió la Colonia Italiana, cuando los Tommasi, Fraccarolli, Ledri, Marogna, Ronconi y Esterzi compraron más de 1.500 hectáreas a Gregorio E. Morán. El campo estaba situado en el distrito San Antonio, del departamento Gualeguaychú, entre los arroyos La Horqueta y San Alejo. La gran mudanza de estas familias se hizo en varios carros, tirados por bueyes y caballos. Construyeron sus viviendas de barro y paja brava o de ladrillo, en las que se instalaban grupos familiares enteros, llegando a vivir más de 40 personas bajo el mismo techo en casa de los Tommasi. Desmontaron el área y cultivaron trigo, maíz, lino y girasol.
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Las familias mantuvieron sus tradiciones, su fe católica y nutridos lazos de solidaridad y comunidad, que se reflejaba no solo a la hora de progresar sino también en los momentos de encuentro y festividades. Aunque mantuvieron su dialecto natal (el veronés), mostraron una voluntad de que sus hijos se asimilaran a la sociedad argentina y aprendieran el castellano, por lo que los mismos colonos construyeron una precaria escuelita rural hecha de barro y paja.
Finalmente, hacia la década de 1920, muchos fundadores se expanden hacia la zona aledaña a Faustino M. Parera. La adquisición gradual de estas y otras tierras en la región por parte de inmigrantes que llegaron completamente desposeídos da cuenta del fenómeno de progreso y movilidad social que pudieron experimentar, a base de esfuerzo y en un contexto que así lo favorecía.
De esta manera, la presencia italiana dejó una gran impronta en la identidad entrerriana. Más allá de su vasta descendencia, reflejada a simple vista en la gran cantidad de apellidos vigentes al día de hoy en la provincia, la influencia de los colonos italianos se manifestó en la transformación de la matriz productiva rural y en diversos aspectos de la idiosincrasia familiar y cultura cotidiana de nuestras comunidades.

