La guerra gaucha y el test electoral
El conflicto ha impulsado el enfrentamiento a niveles ideológicos y políticos profundos de difícil retorno. A tal punto que los sectores en pugna se consideran enemigos irreconciliables.
No sólo eso: la disputa ha polarizado a la sociedad argentina. Una fractura sociológica se introdujo en el seno de la comunicad nacional a caballo de una discusión que comenzó siendo por plata.
Para algunos analistas, en tanto, cambió radicalmente el mapa político de la Argentina. Y esto desde el momento en que el campo, según esta lectura, habría propinado una derrota estratégica al proyecto hegemónico del kirchnerismo.
Para la concepción binaria del mundo del oficialismo detrás de De Angeli y los suyos hubo y hay un complot destituyente de la derecha. Esta lectura tiene el mérito de reagrupar a la tropa progresista.
La izquierda necesita de la derecha para justificarse (y viceversa). En el fondo una secularización, una monstruosa traslación al mundo político y de los hombres, de la lucha teológica entre el bien y el mal.
Desde esta matriz se comprende el mesianismo militante de los K, que han convertido una elección legislativa de medio mandato en una disyuntiva metafísica para el país.
La llamada guerra gaucha –la disputa entre el gobierno y el campo- es el corazón de esta elección. Cuando el ultra-kirchnherista Luis D’Elía asegura que hay que impedir que la derecha coloque a Julio Cobos en el poder, da una clave.
El vicepresidente fue justamente quien con su célebre “voto no positivo” bajó en el Congreso de la Nación la malhadada Resolución 125. Y consecuentemente asestó una dura derrota política al oficialismo.
Desde entonces las elecciones de junio se han convertido en la continuación de la guerra gaucha por otros medios. A decir verdad, así se vive también el proceso electoral en el campo.
En efecto, la dirigencia rural ha optado por impulsar el conflicto abierto y por asociarse activa e institucionalmente a proyectos políticos opositores a la actual gestión gubernamental.
La disputa ha fortalecido entre los productores una fuerte autoconciencia de su autonomía social. Y ha acentuado entre ellos una tendencia histórica a ver al Estado como un puro recaudador de impuestos.
Pero un recaudador que devuelve servicios de mala calidad y no contribuye a mejorar los aspectos complementarios de “tranqueras afuera” como caminos, ferrocarriles y otros servicios que fortalezcan la actividad agropecuaria y mejoren la calidad de vida de los pueblos del interior.
En este contexto axiológico los impuestos irritan, particularmente aquellos como los derechos de exportación, que actúan como un sistema automático de descuento en los precios que reciben los productores.
Todo ocurre en el marco de malas cosechas y los menores precios agrícolas. Se entiende entonces por qué el campo ve también el próximo test electoral como una oportunidad para dirimir a su favor la puja con el gobierno.
Un cambio en la correlación de fuerzas en el Congreso Nacional –cuyas bancas se ponen en juego en junio- permitiría al sector instalar su agenda con fuerza en la Argentina que se viene.
Pero la historia aún no está escrita. ¿Qué pasa si el kirchnerismo vence en las urnas? ¿Qué pasa si logra mantener su hegemonía parlamentaria tras las elecciones? Si eso ocurre, ¿el país asistirá a una reedición de la guerra gaucha?.
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