Editorial |

La herencia cultural de Camila Nievas

Un nuevo aniversario del Instituto Magnasco es una ocasión especial para reactualizar el ideario de Camila Nievas de Capdevila, alma mater de esa entrañable casa, a favor de la cultura.

Nunca más pertinente esto en un momento en que la Argentina parece haber abandonado los valores del espíritu, mientras que su juventud es seducida por un crudo consumismo en detrimento de la ciencia y la cultura.

Camila perteneció a la generación de argentinos que no concebían la prosperidad económica ni el desarrollo social sin los cimientos del conocimiento y las virtudes del civismo.

Se entiende por qué, junto a otras mujeres de valía, dio forma un 19 de junio de 1898 al Instituto Magnasco. Crear un centro de cultura era apostar por el cultivo del espíritu del pueblo.

Era la contribución patriótica más alta y provechosa que podía hacerse. Gualeguaychú, desde entonces, fue epicentro de una obra novedosa para la época, y que proyecta sus efectos benéficos hasta nuestros días.

El emprendimiento se llamó inicialmente “Sociedad por la patria y el hogar”, y fue pensado para elevar la condición de la mujer, en la fe de que ella es educadora principal de sus hijos.

Camila Nievas fue acompañada por otra visionaria, Luisa Bugnone, y alrededor de ellas se formó un núcleo de trabajadoras de la cultura. La obra se completó con la creación de la primera biblioteca fundada por mujeres en el país.

Desde ese momento surgen los donantes de los libros: el primero fue Osvaldo Magnasco, escritor, ilustre parlamentario y ministro de Educación (durante la segunda presidencia de Roca). En 1920, al morir Magnasco, y en su memoria, se asoció su nombre a esta casa.

Los testimonios indican que Camila, que también era maestra, fue una enamorada de su obra. Se trató, en realidad, de una personalidad fuera de la común. Y algunos de sus pensamientos, relativos al valor de la cultura para mejorar la calidad de la vida pública de un país, tienen una sabiduría que trasciende el tiempo.

Llegó a decir: “(...) Así debieran conseguirse todos los cargos, en competencia franca y leal, sin mistificaciones. Haríamos así gimnasia de nobleza aplaudiendo la elevación de los idóneos, desterrando la ignominiosa recomendación apuntaladora de ineptos; forjando nuestro carácter en el culto de la verdad y la justicia. Así sentiríamos el deseo insaciable de ser mejores, sin importársenos el título. La verdadera grandeza no lo tiene”.

En otra ocasión, al hablar con un amigo sobre el instituto que había fundado, Camila reflexionó: “Los gobernantes luchan actualmente y siempre lo han hecho, para salir bien de estas crisis, que con tanta frecuencia azotan a los pueblos, y cuando así sucede, no tienen tiempo ni consideran oportuno gastar dinero en la creación de establecimiento como éste, pues el dinero se necesita, según ellos, para solventar necesidades más apremiantes”.

“¿No cree usted –se preguntó- que precisamente  en los momentos de crisis es cuando más se nota la falta de hombres formados con las aptitudes suficientes para desempeñarse con eficacia?”

“¿No cree usted –agregaba-, que un pueblo dotado de una cultura superior está en mejores condiciones para comprender y solucionar sus propios problemas? Nosotros, los americanos, y especialmente los argentinos, no debemos temer que el exceso de cultura, si es que ésta puede llegar al exceso, sea la causa de crisis tan aguda, como la que está destruyendo las viejas civilizaciones”.

 

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