La huella ecológica del comprar y tirar
¿Es posible reconciliar el actual nivel de vida centrado en el consumo con el medio ambiente? Una cosa es cierta: la obsesión por las mercancías, y su alocado descarte, tiene un inexorable costo ecológico.Mayor cantidad de personas, es cierto, gozan de la posibilidad de adquirir bienes más diversificados. La llamada "sociedad de consumo" representa, en un sentido, una conquista en términos del bienestar.Sin embargo, no deja de ser un proceso ambiguo. Hay dudas, por ejemplo, sobre la sustentabilidad moral de un paradigma en el cual se valora al ser humano en función de las cosas que posee.El psicoanalista Erich Fromm, en uno de sus libros más leídos: "¿Tener o ser?", ya advertía en 1976 la disyuntiva de la sociedad contemporánea. Allí habla de dos modalidades básicas de la existencia: la del tener y la del ser.La primera modalidad dice que la esencia verdadera del ser es el tener, para el cual "si uno no tiene nada, no es nada". Con base a esta idea los consumidores modernos se etiquetan con esta expresión: "yo soy: lo que tengo y lo que consumo".La otra duda es la sustentabilidad ecológica. Es decir, ¿aguanta el planeta el tren de vida dominante? Según el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en 2050 la humanidad llegaría a consumir por año 140.00 millones de toneladas de minerales, combustibles fósiles y biomasa.Ese volumen es tres veces más que ahora y casi 25 veces más que en 1900. Las razones del fenómeno tienen que ver con el crecimiento de la población y los niveles más altos de consumo."Cuando el crecimiento económico es la única estrategia para terminar con la pobreza y causar felicidad, el consumo se va convirtiendo en el objetivo de nuestras vidas", opina Christian Tiscornia, director de la organización Amartya.Una sociedad pensada y construida para el consumo conlleva necesariamente a la producción inédita de desechos, al tiempo que plantea el dilema de qué hacer con ellos.Que los electrodomésticos duren cada vez menos, que haya un acortamiento de la distancia entre el "usar" y el "tirar", que se haya acortado el trecho entre el comercio y el tacho de basura, no es casualidad.La obsolescencia está en el corazón del sistema industrial. Con esa palabra se describe el proceso por el cual los fabricantes les acortan deliberadamente a los objetos su vida útil, para incentivar el consumo.La novedad por encima de lo perdurable. Esa es la lógica que preside las relaciones mercantiles. La tasa de mortalidad de los objetos debe ser alta, para que nazcan otros, y el ciclo se vaya renovando indefinidamente.También existe la obsolescencia percibida, que es cuando el consumidor, sugestionado por la publicidad, considera que el producto pasó de moda, aunque siga siendo útil.¿Qué hacer con tantos desechos? Uno de los dilemas más apremiantes de las sociedades contemporáneas, que disfrutan de la revolución informática, es qué destino darles a los chiches tecnológicos ya en desuso, como computadoras, celulares, cámaras digitales, reproductores de MP3 y televisores, entre otros.A todo esto, entre 2002 y 2010, la venta de productos electrónicos en Argentina aumentó el 891%, según la consultora Euromonitor Internacional.La venta de televisores LCD y LED llegaría a niveles estrafalarios. Esta realidad, implica un descarte creciente de los aparatos tradicionales de TV que contienen entre 2 y 3 kilos de plomo.Para colmo, en el país se recicla menos del 2% del total de residuos de aparatos electrónicos, según algunos datos. El descarte, en suma, se ha convertido en el enemigo número uno de la ecología.Días pasados, a su paso por Gualeguaychú, la filósofa María Teresa La Valle reflexionaba que el actual estilo de vida consumista necesita muchos planetas, pero el problema es que tenemos uno solo.Nuestra fórmula colectiva de la felicidad, el consumo, es disonante con el ecosistema.
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