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La humanidad en su laberinto

Si algo está dejando en claro esta pandemia es que, ni es coyuntural ni es transitoria; por el contrario, está provocando cambios profundos que vienen a poner en tela de juicio tanto paradigmas como visiones.

El hombre —genéricamente hablando, claro—es tal sólo en función de ser social; el comportamiento de ese ser social es lo que se denomina conducta y eso es, en definitiva, lo que estudian tanto la psicología como la sociología y demás ramas de las ciencias sociales.

Cuando hace pocos años ocurrió la epidemia de Gripe A, la Comisión Europea solicitó, a un grupo de expertos, un informe acerca del abordaje llevado a cabo en esa oportunidad en relación con este virus —en muchos aspectos, cabe destacarlo, tan similar al SARS Cov2 (el corona virus)— y una de las conclusiones del informe era que “ había faltado una asesoría específica en ciencias sociales: mientras que se recurrió inmediatamente a epidemiólogos, virólogos y expertos en enfermedades infecciosas, no pasó lo mismo con otras disciplinas –comunicación, sociología, economía, filosofía política, ética– cuyo asesoramiento habría ayudado a enfocar mejor la respuesta a esa crisis.”

Hace unos pocos días, el investigador argentino Daniel Faierstein aseguró que “las estrategias para frenar los contagios de coronavirus fallan porque la respuesta no es médica sino sociológica” y, más adelante,afirmaba que “a cualquier sujeto le resulta difícil aceptar la posibilidad de su muerte o enfermedad y también la alteración de su vida cotidiana. Esto explica también el odio en las repuestas anti-cuarentena”.

Ahora bien, ¿qué aportes puede hacer la sociología? Veamos. La sociología es una ciencia social que intenta explicar los hechos sociales —idea que, al decir del creador de la misma E. Durheim “son tipos de conducta o de pensamiento no solo exteriores al individuo sino que están dotados de un poder imperativo y coercitivo en virtud del cual se le imponen, quiera o no quiera”—, que “estudia la vida social humana, de los grupos y las sociedades (…) desde el análisis de los encuentros efímeros entre individuos en la calle hasta la investigación de los procesos sociales globales.” (Giddens, 1998); entonces, concretamente, lo primero que puede hacer la sociología es ayudarnos a visibilizar algunos aspectos de la vida social que a veces pasan inadvertidos pero que, esta pandemia, está haciendo dolorosamente evidentes. Entre estos aspectos, se me ocurre como central el efecto de la desigualdad social y las diferencias de clase y de capital –no solo económico sino también social (al decir de Bourdieu)— y educativo, entre otros, lo cual va a tener consecuencias muy dispares, tanto en lo que se conoce como determinantes sociales de la salud como en las formas de enfrentar la nueva normalidad laboral y escolar (teletrabajo, e-learning, etc.)

Por otro lado, no debemos dejar de lado cuestiones de fuerte arraigo cultural y en apariencia nimios como son los cambios en el modo de compartir encuentros y otras formas de interacción cotidiana tales como saludar con un beso, abrazar, compartir el mate, etc. además de modificar otras habitualidades familiares y comunitarias que son casi imperceptibles… hasta que se pierden.

Dentro del espectro de cambios vertiginosos e impredecibles, no es menor la explosión de lo que se conoce como fake news (falsas noticias) en un bombardeo permanente a través de las redes sociales con su carga de ansiedad, confusión y no pocas veces generadores de angustia o violencia.

Este verdadero ciberacoso toma en ocasiones dimensiones de alta peligrosidad como lo son la incentivación del racismo (esto es culpa de los chinos, de los rusos, de los yankees, etc.), los alarmantes temores del incremento de los mecanismos de control social (chips implantables en el cerebro, o control a través de las vacunas, de los celulares, etc.) lo cual muestra a las claras que no está en absoluto errado el concepto de Marcel Mauss que habla de “Hecho social total” en referencia a aquellos fenómenos que ponen en juego la totalidad de las dimensiones de lo social.

Sin dudas, este breve análisis no estaría menos incompleto si no mencionáramos el aspecto político de las pandemias, ya que se trata de algo que nos afecta como comunidad y es fundamental poder ver qué es lo que nos une y qué nos separa como sociedad. Al decir de P. Santoro: “Uno de los efectos más inmediatos en cualquier brote epidémico es la exacerbación –material y simbólica– de la diferenciación social, la multiplicación de las líneas divisorias entre nosotros y los otros (entre sanos y enfermos, entre quienes están bien y quienes pertenecen a grupos de riesgo, entre quienes tienen recursos y apoyo y quienes no los tienen, entre los de aquí y los de fuera, etc.)”. Entre inocentes y culpables(como sucedió con el VIH). Entre yo y el otro. De allí la importancia de tomar nota de lo que sucedió en epidemias anteriores y no cometer los mismos errores u omisiones dejando de lado la visión de quienes observan el componente social de las pandemias. Por lo tanto, la intervención directa de los cientistas sociales en la toma de decisiones de los comités científicos se hace imperativa.

Hoy, sabemos, las únicas herramientas que tenemos para protegernos de la expansión aparentemente desmedida del virus son la responsabilidad individual y el distanciamiento social pero, cuidado, no nos olvidemos que, como mencionamos al comienzo, sólo somos humanos en función de ser sociales. La delgada línea que separa la protección ante la pandemia de lo que podría ser una disgregación social no es un detalle menor ni a dar por descontado.

En definitiva, creo que debemos darnos cuenta de que esta pandemia nos ataca no sólo individualmente sino como sociedad, por lo que no podemos ni debemos desdeñar las herramientas de esa rama de las ciencias que nos interpelan desde esa perspectiva.

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