Editorial |

La idea de que a la historia la hacen los conspiradores

Si es cierto que los acontecimientos humanos son provocados por individuos o grupos de ellos que ejercen su influencia desde las sombras, cabría especular que a la realidad se la debemos al "conspirador".

El calificativo hace alusión a la persona que intriga, maquina, maniobra o confabula contra una autoridad en particular, contra un país, un orden social establecido o instituciones.

Una visión ingenua y convencional de la realidad nos incapacitaría para tomar nota, así, de la verdadera envergadura y dimensión de este tipo antropológico, que ha estado siempre detrás moviendo los hilos de la historia de la humanidad.

Todas las sociedades, en distintas épocas, tendrían conspiradores, estos sujetos que tras bambalinas, en el máximo secreto y anonimato, logran derrocar gobiernos, hacer revoluciones e instalarse como el poder real (no nominal).

Son ellos los que, a través de la concertación clandestina de voluntades, suelen llevar adelante un proyecto político en contra de algo o de alguien. Son ellos los que arman los complots criminales para crear el caos cuando se necesita.

Son ellos los que, con capacidad para variar drásticamente el curso de la historia e influir en la vida de millones de seres humanos, desestabilizan, traman y acechan determinado orden de cosas.

Hay conspiradores en todos lados y en distintos órdenes humanos (político, económico, religioso, etc.). La ventaja de estos personajes influyentes es que saben cultivar el máximo secretismo y ahí residiría su eficacia.

El conspirador portaría una moral maquiavélica, entendida ésta última como un modo de proceder que se caracteriza por la astucia, la hipocresía y la perfidia para conseguir lo que desea.

Quienes le dan justificación teórica a este tipo humano son las llamadas “teorías de la conspiración de la historia”, que suelen atribuir lo que sucede a la manipulación de poderes ocultos.

Para algunos psicólogos estamos, en realidad, frente a un esquema mental explicativo de la realidad, según el cual la causa fundamental de un evento o cadena de eventos (comúnmente de índole político, social o histórico), obedece a un complot secreto, a menudo engañoso, por parte de un grupo de personas u organizaciones poderosas e influyentes.

¿Quiere decir entonces que los conspiradores no existen en la realidad sino que son la proyección mental de algunos teóricos o investigadores de la historia? ¿Quiere decir que hay gente que, por predisposición mental, ve conspiradores donde no los hay?

El complot y lo conspirativo se asocian, en este sentido, con la paranoia, que suele ser un delirio bien estructurado en el sentido de que el sujeto que lo padece se siente víctima de las acciones de una persona o de varias.

El sujeto paranoico cree que actúan en su contra con ánimo de perjudicarlo. Pero es una creencia montada sobre un entramado argumental comprensible, aunque no real, con el que intenta justificar su delirio.

Habría, por ejemplo, un cierto grado de paranoia en aquella gente que cree que los “reptilianos” gobiernan el mundo. Aunque pueda resultar extravagante, alrededor de un 5% de la población estadounidense cree que una manada de lagartos con habilidades cognitivas supranaturalaes dictan los designios de la realidad.

Como sea, estas exageraciones no deberían eliminar el hecho de que los conspiradores han existido y existen y la historiografía aporta pruebas sobre su influencia real.

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