La imagen de lo social y el juego de la política
¿Está la realidad detrás de expresiones como Estado, pueblo o clase social? ¿O estamos ante signos que no remiten a ninguna experiencia, y en todo caso la disfrazan?Gana cada vez más predicamento la sospecha de que nuestro sistema de representación del mundo social ha quedado obsoleto. Un autor como Jean Baudrillard plantea directamente su desaparición.Alguna vez lo social fue un sentido evocado por la representación que hacía de ella la sociología. Pero la teoría social 'ya fue', piensa Baudrillard.Y esto porque nos hemos dado cuenta de que es imposible representar la línea zigzagueante de la realidad. Sin caer en este escepticismo extremo, la duda sobre la "irrealidad" de nuestros esquemas mentales persiste.Esta crisis de representación, o desajuste entre la imagen que tenemos de la sociedad y lo que ésta realmente es, tendría que ver con que los cambios históricos han sido tan profundos y acelerados que nuestro sistema cognitivo todavía no ha terminado de asimilarlos.Del lado político, se podría decir que lo que creemos que pasa es tan importante como lo que efectivamente pasa. La manera en que se lee la realidad, la valoración que hagamos de ella, condiciona la praxis.Veamos: si todavía se tiene la idea de la vigencia del Estado como se fraguó al inicio de la era moderna, cuya soberanía sobre la sociedad era absoluta, al punto que reproducía la disciplina del monarca con el súbdito, la propuesta política tendrá ese sesgo.Ahora bien, si en virtud de los cambios históricos ocurridos en las últimas décadas, tras las experiencias de los totalitarismos, se acepta que ningún Estado está en condiciones de absorber la totalidad de la vida social, varía entonces la política.Conviene hacer una salvedad: una cosa es como el mundo es, y otra es como quisiéramos que fuera. El observador que aspira a dar cuenta de los hechos, con un sentido empírico, debe tener en claro estos planos para no caer en el error de confundir sus deseos con la real.Los cambios de la naturaleza de las relaciones interhumanas, la mutación operada al interior del espacio social, no han pasado inadvertidos al sociólogo Zygmunt Bauman (el cual no obstante no ha dejado de confrontarlos con su sistema de valores).Para él lo social, al menos en Occidente, reproduce un escenario frágil, desunido y volátil. La vida se ha vuelto "líquida", es decir caracterizada por no mantener ningún rumbo determinado, "puesto que se desarrolla en una sociedad que, en cuanto líquida, no mantiene mucho tiempo la misma forma".Socialista confeso (ex militante comunista), Bauman toma distancia de su ideología (y por ende de su deseo) y acepta el triunfo empírico del sujeto."El auge de la individualidad marcó el debilitamiento (desmoronamiento o desgarramiento) progresivo de la densa malla de lazos sociales que envolvían con firmeza la totalidad de las actividades de la vida. Señaló la pérdida de poder o de interés de la comunidad para regular con normas la vida de sus miembros", escribió.A todo esto, entre nosotros el escritor y filósofo Alejandro Rozitchner considera que la idea de pueblo, que "es fascista porque supone amuchar a la masa humana para volverla de algún modo manipulable", ya no representa nada."Hoy no tenemos pueblo, tenemos personas, individuos", señala. Hay un cambio cualitativo, en su opinión: "Antes el individuo no existía, las personas se preguntaban qué debían hacer. Hoy la pregunta es qué quiero hacer".Esta mutación, dice Rozitchner, tiene impacto político: "No se trata de hacer representatividad respecto de la masa indiferenciada, sino de responder a necesidades de personas que quieren desarrollar sus proyectos".En suma, y como corolario, es bueno reiterar que, respecto del espacio social, siempre coexiste lo que es y lo que creemos que es.
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