La impericia política para manejar una crisis
A veces parece berreta la dirigencia argentina. Para enfrentar momentos de crisis, opta por las mezquindades personales, los egos mal entendidos y las facturas a destiempo. Deben pensar que sus actos no tienen consecuencias. O lo saben y no les importa. Lo que pasó en Córdoba sirve de ejemplo. Jorge Barroetaveña Los sucesos de Córdoba son incidentes cuya gravedad podría compararse con lo que pasó en el 2001. La única diferencia es que hubo menos muertos, como si las vidas pudieran cuantificarse para evaluar la profundidad de una crisis.La 'Docta' como se la conoce desde el siglo XIX fue escenario de las revueltos más salvajes que se tengan memoria de los 30 años de democracia que la Argentina se apresta a festejar. Las calles de esa hermosa ciudad quedaron bajo el arbitrio y capricho de la ley de la selva, esa en donde cada uno defiende lo suyo sin importar lo que haga. Fue la consecuencia directa de la ausencia del estado, que decretó la desaparición de los frenos inhibitorios en cientos de delincuentes que se lanzaron a las calles para ver qué podían rapiñar. Y no hubo distinción entre comercios de alimentos, electrodomésticos o casas particulares. Daba lo mismo, la cuestión era robar. Ni siquiera si la víctima era un vecino del barrio.Por eso, en este contexto, la gravedad de lo que pasó en Córdoba no debería pasarse por alto. ¿Por qué? Hechos similares podrían repetirse y desnudan un estado de situación que la dirigencia política desconoce o, si lo conoce, prefiere mirar para otro lado. Las escenas de saqueo y pillaje de distinto tenor, ya se produjeron en Rosario contra los supermercados chinos, en el conurbano casi en forma simultánea a lo de Córdoba y hubo un intento en Bariloche, lugar que ya fue víctima el año pasado del salvajismo al punto que le costó el cargo al intendente.José Manuel De la Sota es un político avezado que ya no se cuece al primer hervor. Lleva años en esto, está en su tercer mandato como gobernador y tenía (digo tenía intencionalmente) ambición de ser candidato presidencial. Pero su falta de visión para calibrar lo que se venía lo dejó al descubierto, tanto como su ausencia cuando la ciudad y la provincia amagaban con incendiarse. Debió saber que poco podía esperar del gobierno nacional, conociendo las entrañas del kirchnerismo. Pecó de ingenuo y erró groseramente el cálculo. Su ausencia desnudó además las falencias de un gobierno incapaz de tomar decisiones y resolver sin su líder. Pero si los saqueos obturaron para siempre su deseo de saltar a la Nación con posibilidades, también sirvieron para conocer cuáles son los límites de Jorge Capitanich. El Jefe de Gabinete no sólo quedó mal parado cuando negó entre líneas el envío de gendarmes a la provincia mediterránea, también cuando se dedicó a exhibir su celular repitiendo "aquí no recibí ningún llamado de De la Sota'. Es llamativa la superficialidad con la que ambos estamentos manejaron la crisis, antes y cuando les explotó en la cara. El país miraba por televisión como Córdoba se incendiaba por la falta de policías: ¿tan difícil era para el Jefe de Gabinete levantar el teléfono y acordar el envío urgente de gendarmes? Los que lo conocen sostienen que Capitanich debió tragarse el sapo y acatar la orden presidencial: a los enemigos, en el desierto, sal suele decir el lema kirchnerista. Vaya si lo supo De la Sota el miércoles. Sonó pueril el latiguillo del sistema republicano, representativo y federal. Para estos casos rige pero cuando llega la hora de repartir la plata entre las provincias y la Nación se vuelve bien unitario y uno se queda con casi todo.Al cierre de esta edición había conflictos policiales desperdigados en distintas provincias del país, con enfrentamientos incluídos como en Catamarca. A los vivos que siempre esperan para sacar ventaja y a la inflación que carcome los sueldos y desespera a la gente se sumó esta vez la impericia política para manejar la crisis. Una crisis que dejará huellas porque lo que pasó en Córdoba no tiene antecedentes en nuestra joven democracia.La carrera contra el dólar no tiene respiro pero sí plazos. El Banco Central no puede seguir perdiendo reservas y eso lo saben cada uno de los integrantes del equipo económico. ¿Cuál es la estrategia? Ir aflojando de a poco el cepo para bajarle la fiebre al dólar blue y al mismo tiempo ir devaluando en dosis homeopáticas (aunque ya no lo son tanto porque aumentaron la velocidad) el dólar oficial para acortar la brecha. Mientras operan esta iniciativa, avanzan las negociaciones con China y Brasil para conseguir más dólares de respaldo, con las cerealeras para que anticipen las liquidaciones, con el FMI por el índice de precios y con los banqueros del Club de París. Los heterodoxos que rodean a Kiciloff sostienen que con esto alcanza. Para los ortodoxos que asesoran a Capitanich habrá que meter mano en la reducción del gasto, lo que implicará el recorte de subsidios al transporte y la energía. Traducido: menos maquinita del Banco Central. Aquí está el dilema que enfrenta hoy el gobierno, qué camino transitar: si el de un ajuste tradicional y ortodoxo, del que siempre renegó y puso distancia, o bucea los caminos de la teoría Kiciloff que hasta ahora no han dado resultados. El problema de fondo que subyace ante cualquier análisis es la inflación, por las consecuencias que trae en la sociedad. Lo bueno es que, pese a los eufemismos, el gobierno ha tomado conciencia del problema. La cuestión es cómo lo soluciona. Si son principios propios o ajenos ya no importa. La realidad tiene una sola cara: la urgencia.
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