EDITORIAL
La imperiosa urgencia de cuidar el medio ambiente
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El 5 de junio es el "Día Mundial del Medio Ambiente", un llamado de atención ante la degradación que afecta al planeta. Este año la celebración gira en torno a la contaminación del aire.
En la larga y tortuosa evolución de la especie humana se ha llegado a una etapa en que, gracias a la rápida aceleración de la ciencia y la tecnología, las personas han adquirido el poder de transformar, de innumerables maneras y en una escala sin precedentes, todo el entorno en el que habitan. El medio ambiente, en efecto, incluye el espacio en el que se desarrolla la vida de los seres vivos (fauna y flora, por caso), los elementos abióticos (sin vida) y los elementos artificiales. Los factores abióticos resultan esenciales para la subsistencia de los organismos vivos, como el aire, el suelo y el agua. Entre los elementos artificiales se incluye a las relaciones socioeconómicas, como la urbanización. El medio ambiente, por tanto, es considerado como la suma de las relaciones culturales y sociales, en un entorno, en un momento histórico y en un lugar en particular. A medida que la población humana comenzó a crecer y a aumentar su uso de la tecnología, el impacto sobre el medio ambiente comenzó a ser mayor y más nocivo. El momento donde comenzó a agravarse exponencialmente el medio ambiente fue a partir de la Revolución Industrial, principalmente por la explotación de recursos minerales y fósiles. “Es hora de actuar con contundencia. Mi mensaje a los gobiernos es claro: gravar la contaminación, dejar de subvencionar los combustibles fósiles y dejar de construir nuevas centrales de carbón. Necesitamos una economía verde, no una economía gris”, ha dicho recientemente António Guterres, Secretario General de la ONU Este organismo internacional ha decidido que la celebración de este año esté dedicada a la contaminación del aire, para que la opinión pública se sensibilice por este grave problema que afecta a millones de personas en todo el mundo. La contaminación atmosférica está en todas partes. Nueve de cada diez personas en todo el mundo están expuestas a niveles de contaminación que superan los niveles de seguridad señalados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). De alguna manera somos lo que respiramos a la par que el aire es un bien común. Respirar es sinónimo de vivir. Podemos estar sin beber o comer por algunos días, pero no más de unos minutos sin respirar. Nuestra vida es una serie ininterrumpida de inspiraciones y exhalaciones. En realidad la respiración sustenta todas las funciones vitales y es un elemento clave para la buena salud física. En sentido inverso, dejar de respirar equivale a dejar de existir. Cuando alguien muere decimos que “expiró”, es decir que dejó de respirar, fue su último aliento. Pocas veces nos percatamos, por tanto, de que sin aire no hay vida. Pero no cualquier aire garantiza la existencia, sino sólo aquel que es puro y de calidad, que tiene la capacidad de oxigenar el cuerpo humano. Un aire viciado o contaminado, en cambio, enferma. La actividad humana introduce en el aire sustancias extrañas o aumenta a niveles peligrosos otras preexistentes, lo que provoca alteraciones en la atmósfera, haciéndola más irrespirable. La polución del aire está estrechamente ligada al enorme desarrollo industrial y tecnológico producido desde mediados del siglo XIX. Es uno de los rostros de la actual e inédita crisis ecológica que enfrenta la humanidad.
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