La impotencia ante el fenómeno delictivo
persistencia del fenómeno en el tiempo, más allá de los gobiernos, genera un lógico sentimiento de impotencia social.Hace poco Hebe de Bonafini cargó contra Daniel Scioli, acusándolo de tener un "lado fascista", porque el gobernador de la provincia de Buenos Aires amaga con endurecer la política penal.Bonafini representa un modo de pensar progresista sobre el problema. El cual podría resumirse así: la sociedad burguesa, por sus opresivas y corruptoras estructuras, es el caldo de cultivo de la criminalidad, por eso hay que exonerar a quienes cometen delitos.La culpa, por tanto, es del capitalismo. Sus niveles morbosos de desigualdad hacen que mucha gente prefiera violar la ley, casi como un acto de autodefensa.Frente este tipo de razonamientos cabría preguntarse: ¿acaso existe o existió un modelo de sociedad donde fue exterminado de raíz el delito? ¿El hombre dejó de robar y de matar en el comunismo? ¿No fue el socialismo real, acaso, un régimen carcelario?.En principio, decimos, habría que despojar de ideologismo al problema de la inseguridad. Y empezar a mirarlo con realismo. Y ello supone aceptar de entrada que la criminalidad es inherente a la condición humana.Los sistemas sociales son reflejo de sus creadores, los hombres, y hasta donde se sabe -por la antropología- éstos no son ángeles ni buenos por naturaleza, sino seres incurablemente imperfectos.De hecho no hay antecedentes de ningún país en el mundo que haya erradicado, o llevado a cero, la tasa de criminalidad. De lo que se trata, en realidad, es de llevarla a niveles tolerables en el marco de un orden social siempre imperfecto.Dicho esto, habrá que convenir que la sociedad nunca es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. En este sentido, resulta impensado esperar que baje el delito en un país con doce millones de pobres.No es que ser pobre lo haga a uno delincuente. Y de hecho -a esto hay que remarcarlo- también los ricos violan la ley, roban y matan. Lo que se quiere significar es que la exclusión social genera las condiciones objetivas para la anomia (vivir fuera de la ley).Los sociólogos ponen énfasis en el concepto de "control social", como el mecanismo que garantiza que los grupos humanos se asimilen al sistema social global, a sus valores y creencias.Pero para que esto sea posible, para que haya integración social, antes debe garantizarse que las personas disfruten, dentro de lo posible, de los bienes colectivos (ingreso mínimo, educación y salud).Las historias de los jóvenes que delinquen en la Argentina arroja esta constante: no tienen nada que perder. Actúan bajo este clima psicológico. Y no tienen nada que perder porque son parias sociales.Dentro de este marco conceptual, el tema de la inseguridad emerge como un síntoma de la ruptura del tejido social. Es decir es un fenómeno que supera largamente la competencia de las instituciones represivas (cárceles, justicia penal, policía, etc.).Cuando hablamos de ruptura del tejido social hablamos de la desintegración de su célula base: la familia. Al respecto, está comprobado que el abandono de los hijos pequeños por parte del padre y en menor medida de la madre, son un factor que aumenta la criminalidad.¿Qué puede hacer la política frente al delito? Al margen de mejorar los dispositivos de prevención y lucha contra el delito, en la Argentina nadie habla del diseño poblacional.¿Ningún político ve que el estallido del delito en el conurbano bonaerense es también el estallido de un modelo social inviable?.
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