La inseguridad, el otro dilema urbano
Aunque la seguridad o inseguridad ha estado presente desde que existe el hombre, en los grandes conglomerados urbanos del siglo XXI ha adquirido una dinámica inquietante. En los libros de historia se cuenta que los emperadores de Roma debían proteger sus rutas para dar seguridad. Los desertores de la fuerza pública o los esclavos que se fugaban, estaban en la mira de las autoridades.Ellos eran los que comúnmente se llamaba bandidos en tierra y piratas en el mar. La violencia física solía ser el remedio que aplicaban en el Imperio contra los que saboteaban el orden público.Más adelante en el tiempo, un filósofo inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes, sentó la tesis de que la sociedad misma (y con ella el Estado como aparato represivo) nace para dar seguridad.Éste es el origen del "contrato social". Los individuos egoístas, para evitar matarse entre ellos ("el hombre lobo del hombre") renuncian a gobernarse solos y, en cambio, autorizan a un poder soberano (Estado o Leviatán) para que, a través de la coacción, ponga orden.Porque "es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos", argumenta el inglés.Con la industrialización sobrevino el crecimiento poblacional y la urbanización, y entonces el problema de la inseguridad adquirió otra naturaleza.De hecho hoy las ciudades, sobre todo las más populosas, son centro de violencia multifacética. La violencia criminal y organizada, está asociada en ciertos países con el tráfico de drogas.En América Latina, por ejemplo, las pandillas y las milicias han pasado a sustituir a la autoridad pública, ofreciendo protección a las comunidades, muchas veces a un alto precio.La violencia social, incluida la que ocurre en la esfera doméstica, también constituye un problema grave, especialmente para los jóvenes vulnerables, y las mujeres que viven en esos entornos.Algunos historiadores aseguran que en el siglo XXI sucede a la inversa de lo que pasaba en la historia, cuando el campo era inseguro y la ciudad segura. Actualmente, la gran ciudad se ha transformado en lo inseguro y la pequeña población en lo seguro.Según el analista Rosendo Fraga, el problema de la inseguridad de vincula a cuatro variables: "el factor socioeconómico, la eficacia o no eficacia del Estado, el aumento del tráfico o consumo de droga, y la urbanización, a mayor urbanización más complejidad".El diagnóstico condice con el mapa del delito en Argentina, donde los homicidios, asaltos y robos tienen preponderancia en los grandes conglomerados urbanos (Buenos Aires, Santa Fe-Rosario, Córdoba, Tucumán, entre otros).En la provincia de Buenos Aires - que tiene el 40% de los votos efectivos del país - las propuestas políticas que dan prioridad a la seguridad van in crescendo (en muchos casos con exceso de demagogia electoral).En ese territorio, justamente, se dan los elementos estructurales que potencian el fenómeno delictivo. Coexisten mucha gente y mucha pobreza. Aunque la desigualdad -la disparidad de ingresos- tendría mayor potencia explicativa.Se cree que la desigualdad de ingresos, junto con la distribución desigual de oportunidades económicas entre los diversos grupos, promueven la violencia criminal.Una violencia que, paradójicamente, afectaría más a los pobres que a los ricos. Estudios empíricos revelan que la brecha de desigualdad en materia de inseguridad es altísima entre el country -alambrado y rodeado- y la villa de emergencia.
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