La inseguridad, ese fenómeno recurrente
Cada tanto algún acto de vandalismo, como el que sufrió la Escuela Esteban Piacenza, cuestiona hasta qué punto el orden público no ha sido perforado en su base.A decir verdad, hay una desoladora monotonía en torno a la inseguridad. Y la sensación que existe es que el Estado no puede con este fenómeno que tiene varias aristas.En este contexto, hasta suenan algo irritante las declaraciones de algún funcionario policial diciendo, como ocurrió hace poco, que Gualeguaychú es segura.Los sucesos delictivos o el pillaje callejero desmienten el discurso oficial. Gualeguaychú podrá estar mejor si se la comparara con el conurbano bonaerense. Eso cierto.Y en este sentido habrá que darle la razón al funcionario policial. Sin embargo, no lo está en relación a como estaba antes la ciudad. Aquí, en realidad, lo que se percibe es una perdida de seguridad a nivel local.Con el agregado de que Gualeguaychú, dada su cercanía al conglomerado urbano más grande del país (Buenos Aires), está expuesta a incursiones delictivas foráneas.De hecho, los asaltos a mano armada a negocios locales, ocurridos semanas atrás, y que motivaron que el intendente convocara a la máxima autoridad policial de la Provincia, reflejan esa tendencia.Que los gualeguaychuenses nos sentimos más vulnerables ante la proliferación de delitos gestados por gentes de afuera, es un dato psicológico incontrastable.Los hábitos locales han mutado entre los vecinos al ritmo de la inseguridad. Gualeguaychú dejó de ser, hace tiempo, ese pueblo tranquilo donde el temor a ser robado, por ejemplo, era un sentimiento inexistente.Es cierto, la ciudad ha crecido y no es una isla en medio de un país donde la violencia delictiva en las calles -especie de guerra civil disfrazada- se ha convertido en un problema acuciante.Pero entonces, ¿se están tomando todos los recaudos institucionales para asumir esta mutación del fenómeno delictivo?. Una de las razones de la existencia del Estado está vinculada, justamente, a la necesidad proveer de seguridad a sus ciudadanos.Hay toda una doctrina de pensamiento que asegura que las personas se reúnen en sociedad por temor a la anarquía. La sociabilidad en un punto finca en la búsqueda del orden.No es casual que la palabra policía provenga del griego "politeia": es decir gobierno. Con lo cual el término designa el conjunto de los reglamentos establecidos en un Estado respecto de todo lo que hace referente a la seguridad y comodidad de los ciudadanos.Por tanto cuando el Estado no hace respetar esos reglamentos, no es capaz de hacer reinar el orden en la ciudad, fracasa en una de sus funciones básicas. Y de hecho se socava a sí mismo, desde el momento que no atiende a una demanda social que justifica su propia existencia histórica.¿Para qué queremos este Estado si es incapaz de brindar seguridad y justicia?, se podrán preguntar algunos disconformes. Y de hecho esa inquietud está en la base de esa intentona pre-civilizatoria tendiente a "hacer justicia por mano propia".Los expertos dicen que en este plano, más que apelar al expediente de endurecer la represión, el verdadero remedio consiste en la prevención. Y en un sentido, esta aseveración no es errada.Porque lo ideal sería tener una sociedad donde la policía intervenga lo menos posible en la vida de los individuos y de las colectividades. Es decir, lo deseable es que la seguridad sea algo inmanente a la sociedad misma.En sentido contrario, se podría decir que en toda ciudad o Estado donde la policía juega un papel preponderante -o así lo pide la ciudadanía- la sociedad está peligrosamente enferma.
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