La izquierda en en su laberinto
En el maniqueísmo ideológico progre la historia no tiene grises. Es la derecha –especie de Eje del Mal- la culpable de la infelicidad humana. También de la Argentina, históricamente gobernada bajo este signo.
Pero el 2003 marcó un punto de inflexión. Como creen Horacio Verbitsky y Hebe de Bonafini, el país parió un auténtico gobierno revolucionario. Por fin los ideales de los setenta, según esta lectura, tienen andadura histórica.
Para la izquierda argentina nunca hubo una ocasión más dorada que ésta para reivindicarse. Para probar que los males del país –como ella predica- son producto de la corrupta derecha.
De hecho pocos gobiernos han encontrado un escenario internacional más propicio en materia económica en varias décadas. El crecimiento económico de estos años apuntaló la administración K, que en un momento llegó a tener altísima popularidad. Los progresistas argentinos saludaron y se plegaron en bloque al experimento.
Hubo una luna de miel que hacía prever cien años de gobierno de izquierda en Argentina. Los Kirchner, así, habían hecho realidad el sueño de una tradición ideológica que hasta su llegada subsistía como programa universitario.
Sin embargo, en algún punto el proyecto se estropeó, en un contexto de desgaste de la gestión de gobierno. Se verificó una “implosión” progresista, una especie de desbande de la propia tropa.
Algunos fijan ese episodio cuando los Kirchner, aparentemente debilitados, hacen alianza con Daniel Scioli, que tiene un perfil ideológico cercano a Mauricio Macri, y con los minigobernadores del conurbano bonaerense.
Es decir, el proyecto progresista terminó en las fauces de lo más rancio del peronismo tradicional. Fue deglutido por el “corleonismo”, al decir del ideólogo kirchnerista José Pablo Feinmann.
La llamada “transversalidad”, el intento por generar un bloque de izquierda -sobre la base de la confluencia de los no contaminados por la derecha-, la utopía kirchnerista de sanear el sistema político argentino, quedó en la nada.
La “pejotización” del poder –la vuelta al denostado “aparato” cuasi mafioso del peronismo bonaerense- produjo la diáspora de muchos progresistas que, decepcionados, no saben cómo explicar qué pasó.
Muchos de ellos hoy ven en el cineasta Pino Solanas la encarnación de sus ideales conculcados. El “solanismo”, se sabe, viene ensayando una lectura tranquilizadora para los formados en la dialéctica progre.
“Esto no es izquierda”, dice Pino, que acusa al kirchnerismo de ser la continuidad perfecta del menemismo (nada menos), sobre todo en materia económica. Salvo la política de los derechos humanos, el cineasta no le perdona nada a los Kirchner.
Mientras tanto la ultrakircherista Hebe de Bonafini –ícono de la izquierda en el país-, ha salido a la palestra a defender al gobierno, sobre todo frente a las críticas de los viejos aliados ideológicos.
“Pino es un buen... cineasta”, ha dicho con sarcasmo tras advertir que si el kirchnerismo pierde las elecciones en junio próximo vuelve la “derecha salvaje” a la Argentina.
La izquierda en su laberinto. ¿Se le acabó la excusa histórica de que nunca gobernó el país y entonces deberá hacerse cargo de sus pecados, esta vez en el poder?
¿O lo que existe es un simulacro y entonces habrá que esperar a que algún día los auténticos izquierdistas tomen el gobierno y hagan por fin la revolución soñada?.
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