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La longevidad, reto para la economía del futuro

La "esperanza de vida" ha venido creciendo. La duración media de la existencia aumenta cada año, y esto se considera un logro civilizatorio. Pero a la vez es un desafío de proporciones para la economía

La pretensión de prolongar la vida el mayor tiempo posible ha sido una constante humana, y los éxitos alcanzados por la ciencia y la higiene en este sentido han sido extraordinarios.

Si a principios del siglo XIV lo normal era vivir hasta los 40 años, ahora lo normal es vivir en torno a los 80 años. Sin embargo, la prolongación de la vida no está exenta de contradicciones.

A decir verdad, este cambio demográfico constituye un quebradero de cabeza para la sostenibilidad del llamado Estado del Bienestar. Muchos creen, al respecto, que los sistemas de jubilaciones y pensiones, tal cual están construidos, son infinanciables.

“El impacto financiero del riesgo de longevidad”, así reza el título de un informe reciente del FMI, organismo que viene advirtiendo sobre los costos crecientes del envejecimiento.

Hasta aquí la regla es que los ciudadanos de un país deben contribuir a un fondo general cuando tienen trabajo y gozan de buena salud y, a cambio, ese fondo los ayudará a mantener su bienestar cuando estén enfermos, sean incapaces de trabajar o se jubilen.

Ahora bien, en la primera parte del siglo XX la jubilación se planificó para individuos que vivirían algunos años después de dejar el trabajo. Pero no se previó que la medicina agregaría tantos años a la vida, y que esa persona beneficiada con una jubilación tendría tres o cuatro décadas por delante.

Este desequilibrio (las erogaciones crecen en forma exponencial frente a aportes que se mantienen fijos o disminuyen) ha provocado un agujero financiero en el sistema de prestaciones que los Estados deben cubrir con recursos adicionales y empréstitos, comprometiendo así sus finanzas.

“A medida que las poblaciones envejezcan en las próximas décadas, consumirán un porcentaje creciente de recursos, ejerciendo presión sobre los balances públicos y privados”, expresó el FMI en su informe.

Se estima que la mitad de los niños nacidos hoy en países desarrollados superará los 100 años de edad. En las condiciones actuales, con edades de jubilación en torno a los 65 o los 67 años, eso supone que los jubilados del futuro vivirán más de un tercio de su vida de la pensión pública que reciban del Estado y de los ahorros que hayan podido reunir durante su vida activa.

Pero al mismo tiempo la llamada “revolución de las canas”, es decir la aparición de poblaciones longevas, añade nuevas cohortes de consumidores de todo tipo de bienes y servicios asociados a la “tercera edad”.

Con una población cada vez más envejecida y que vive cada vez más, hay un nicho claro en el desarrollo de productos dirigidos a los mayores de 65 años. Ha surgido, en concreto, el negocio de la longevidad.

“La vida hasta los 100” aparece en el mundo como un nuevo reto de “ageingnomics”, la nueva economía del envejecimiento, que buscar producir dividendos con un mercado en expansión. Los expertos en marketing tienen la vista puesta en la generación “babyboomer” (nacidos entre 1965 y 1975), que según algunos estudios dispondrán en 2020 de una capacidad adquisitiva valorada en 15 billones de euros.

Las empresas ya están desarrollando nuevos productos y servicios para una amplia franja de la población mundial de edad mayor que demandará salud, vivienda, finanzas, educación, recreación, tecnología, urbanismo, seguridad y otros servicios.

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