Editorial | Pobreza

La ludopatía no es un juego, sino un problema

Las estadísticas hablan de un aumento en la cantidad de jugadores compulsivos, en un contexto de expansión del negocio de los juegos de azar en Argentina, de impacto socialmente dañino.

La ludopatía es un trastorno cuyos rasgos esenciales son análogos a los de cualquier dependencia de una sustancia psicoactiva. En ambos casos, en efecto, el individuo sufre una pérdida de control sobre su conducta.

Cuando el juego deja de ser un entretenimiento, se convierte en una necesidad y la persona llega a ser incapaz de resistírsele. Es decir, hay que hablar de una patología, una adicción. Entonces el individuo entra en una pendiente de autodestrucción que impacta en todo su entorno social.

El cuadro es conocido: problemas de relación con la pareja y familiares directos; las mentiras generadas provocan conflictos domésticos; deterioro de la actividad laboral; necesidades económicas imperiosas para continuar jugando; deudas financieras impagables que pueden conducir al jugador al delito; derrumbe psicofísico de la persona en cuestión.

La industria de los juegos de azar es un negocio floreciente en la Argentina. A los juegos más tradicionales como el Prode, la quiniela, las carreras de caballos, los juegos de mesa de los casinos, y las loterías, se le sumó la proliferación impresionante de bingos y tragamonedas en toda la geografía.

Hoy las tragamonedas se han convertido en la modalidad preferida por los jugadores, y es también la que más adicción produce en sectores de menos recursos.

Hay una estrecha relación entre juego y pobreza. En los sectores populares la ilusión de “salvarse” mediante las apuestas, arrastra a muchas familias a perder lo poco que tienen.

Así, quienes son presa de la adicción al juego pierden su dinero, su trabajo, su dignidad, y muchas veces hasta sus familias. Porque el juego prospera donde no hay esperanza, desangrando el tejido social.

En el último tiempo, se han instalado casas de juego, con sus tragamonedas, en todas las ciudades y en las grandes barriadas del país.

Se trata de la consolidación de un mecanismo expoliador de las franjas más modestas de la población, en beneficio de sectores concentrados (los empresarios del juego).

Junto con el “negocio” de la droga, con el que suele ir peligrosamente emparentada, la industria de las apuestas es una actividad económica que produce una plusvalía extraordinaria.

El esquema no sólo distribuye riqueza al revés (le saca a los pobres para darle a una minoría privilegiada), afectando la economía doméstica de los sectores populares, sino que destruye el tejido social y deja un tendal de ludópatas (adictos).

Por otro lado, son muchas las evidencias que conectan el juego con la corrupción y el narcotráfico. Hay estudios que revelan que el juego es una inmejorable herramienta para lavar dinero sucio proveniente de actividades ilícitas.

El negocio de las tragamonedas crece a partir de las necesidades de sectores sociales desfavorecidas, que buscan en el juego un golpe de suerte, pero al mismo tiempo es una modalidad adictiva por excelencia.

El que se inclina por las máquinas responde al perfil de un sujeto ansioso y deprimido, que pone entre paréntesis una vida que considera frustrante, y no busca ganar sino zafar, según la opinión de los especialistas.

Como se ve, la ludopatía no es un juego, sino una problemática que destruye las vidas de quienes caen a su paso, que afecta directamente al núcleo familiar y a la población más vulnerable.

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