La mayor desgracia de este tiempo
"La política está desacreditada, devastada por la corrupción y el fenómeno de los sobornos", opinó hace una semana el papa Francisco. Lo señaló como un "problema mundial", pero todos sabemos la intensidad que alcanza en nuestro país.Mario Alarcón Muñiz¿Cuánto gravita la corrupción sobre la vida de los pueblos? ¿En qué medida afecta a la gente? Es muy difícil establecerlo. Quizá sea imposible expresarlo en números para tener una idea aproximada del daño. Pero todos sabemos que existe. Quien más, quien menos, cada uno de nosotros conoce algún caso de corrupción, por mínimo que sea, desde la coimita de un inspector de tránsito o un agente de policía hasta el porcentaje destinado al ministro que favoreció la adjudicación de una obra o un servicio.En la gran mayoría de los casos faltan pruebas. El corrupto se cuida muy bien de no dejar huellas. Casi todo pasa por debajo de la mesa. De ahí las dificultades para producir denuncias concretas. No obstante, es nuestra obligación ciudadana estar atentos, observar, seguir de cerca las acciones públicas velando por el patrimonio común y denunciar si corresponde. En esto no hay perdón que valga. No son casualidades. En todos los casos se trata de actos deliberados, programados con el fin muy práctico de conseguir un beneficio fuera de la ley.Además de incurrir en una acción ilícita o delictiva, el funcionario que cobra en las sombras por una licitación está encareciendo la obra o el servicio. En definitiva el que paga es el Estado que a ese funcionario le confió la misión de servir al conjunto.Es de Perogrullo deducir que si el diez o el quince por ciento de una licitación se desvía para "agradecer" a uno o más funcionarios, ese dinero bien podría habérsele ahorrado al Estado (a todos) o destinarse a ampliar o mejorar la obra o abaratar el servicio.Un ejemplo muy práctico. Supongamos que se licita la construcción de 200 viviendas. Si el adjudicatario resignara una retribución del 10% (la mínima) para el funcionario, éste le estaría quitando el techo a 20 familias, pues en tal caso el monto previsto habría alcanzado para construir 220 unidades en lugar de 200. De tal modo se cae aquello muy clásico de "roban pero hacen", porque le roban al pobre que necesita una vivienda. Un panorama desoladorEl caso de supuesta corrupción más resonante de las últimas semanas -y seguirá siéndolo por un tiempo más- es el del vicepresidente Boudou y su operación Ciccone. El torrente informativo nos exime de mayores consideraciones. Lo importante es ahora facilitar la acción de la Justicia.Argumentar "operaciones corporativas" o "linchamientos mediáticos" para minimizar el caso, es inconsistente, inútil y hasta pernicioso cuando la Justicia actúa.Es natural que el oficialismo trate de salvarle la ropa al vice -y en una de esas muchos vestuarios más-, pero en un país serio y organizado, respetuoso de las instituciones, la mejor manera de proteger honras es confiar en la acción de la Justicia.Si a esta situación de Boudou le añadimos otras muy conocidas, inclusive de gestiones anteriores, como el negociado de IBM (Menem) y los sobornos del Senado (De la Rúa), el panorama argentino es desolador.El megaempresario K Lázaro Báez figura al frente de todas las listas, seguido por el dueño del juego en la Argentina, Cristóbal López. Los favores a la empresa Skanska que comprometen al ministro Julio De Vido y enredan a Transportadora de Gas del Norte y el Ente Nacional Regulador del Gas, nunca fueron debidamente aclarados.Nada se diga del ex secretario de Transportes, Ricardo Jaime y sus vinculaciones con empresas concesionarias de servicios públicos, caso este que se encuentra en proceso judicial.¿Alguien se acuerda de la valija con 800.000 dólares que Antonini Wilson trajo de Venezuela en 2007? Sólo recordamos los dólares que la ministra Felisa Micheli escondía en el baño del ministerio, porque fue el único caso que terminó en condena. Los demás están ahí, flotando, como el supuesto enriquecimiento ilícito del titular de la AFIP, Ricardo Echegaray y sus negociados cuando dirigía la ONCA, destinada a controlar a los agricultores.Parecen casos lejanos. Sin embargo están vigentes. Sumamos a ellos las coimas de la multinacional minera Barrick Gold, de la que nadie quiere hablar; los favores a Monsanto, otro gran consorcio internacional; el caso Schoklender y los enriquecimientos del chofer Raúl Ulloa y el jardinero Ricardo Barreiro, fieles servidores del ex presidente Kirchner.En fin, una nómina a la que es menester prestarle atención para concluir que la corrupción es la mayor desgracia nacional de este tiempo. Preocuparnos y ocuparnos El Papa lo advirtió hace una semana. "La política está desacreditada, devastada por la corrupción y el fenómeno de los sobornos", opinó Francisco en declaraciones a un diario romano. Le atribuyó al problema carácter mundial, pero esto no aliviana la situación argentina. Revela, sin dudas, la seria preocupación del Sumo Pontífice frente a un cáncer político que exige tratamientos severos.Por su parte, el obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Jorge Lozano, fue muy concreto: "Cuando hay hechos de corrupción, siempre perjudican a los más pobres", indicó, detallando que tales actos se traducen en "falta de insumos en los hospitales, falta de fondos para sueldos" y otras calamidades. "Es un daño económico, pero también ético y moral", sentenció el prelado.Las estadísticas espantan. La OTI (Organización Transparencia Internacional) dio a conocer sus estudios sobre corrupción mundial en 2013. El análisis comprende a 177 países del mundo. El primer lugar en transparencia lo comparten Nueva Zelanda y Dinamarca con 91 puntos sobre 100 ideales. La Argentina ocupa el lugar 107° con 8 puntos. Es para pensarlo, preocuparnos, volver a pensar y ocuparnos.
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