Editorial |

La necesidad de educar en el valor de la tolerancia

Hoy se celebre el Día Internacional para la Tolerancia, una efeméride pertinente en un momento histórico donde los fanatismos de todo tipo, con sus secuelas de violencia y terror, están en alza.

La tolerancia, según el diccionario de la Real Academia, es el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

A la luz de la historia de la humanidad, donde el otro distinto ha sido visto siempre como un enemigo a eliminar, y sobre todo teniendo en cuenta el actual contexto de crispación sociopolítica, se trata de todo un programa de convivencia.

A decir verdad, hay razones para creer que el hombre es un animal de instintos intolerantes, que en realidad si quiere vivir con los otros debe “aprender” a aceptar y respetar sus modos de ser y pensar, aunque sean antagónicos al suyo.

El escritor rumano Emile Ciorán postula que el hombre es un sujeto idólatra por naturaleza, en el sentido de que tiene que creer en algo. Pero el problema está en que cuando abraza un dios, “obliga” a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si se rehúsan.

Hay que precaverse, sugiere, del que eleva la voz, sea en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos. Hay que alejarse de esta gente, la cual “no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros”.

Ciorán ve un “tirano fallido, casi un verdugo” en aquel que se planta como superior a los demás sobre la base de cualquier ideal, que predica algún dogma, que suele invocar algún “nosotros” con inflexible seguridad, o invoca a los “otros” sintiéndose su intérprete.

Dado que el fanático no admiten otra verdad que la suya, su interés no pasa por entender al otro, por escuchar su punto de vista, sino que busca cambiarlo, si es necesario por la fuerza.

“Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”, decía magistralmente Winston Churchill, al describir su espíritu cerrado y recalcitrante.

En política los fanáticos no son ciudadanos que están dispuestos a aceptar que los demás piensan distinto y en este sentido a considerar su propia opinión como un punto de vista más.

Más bien se creen dueños de la verdad absoluta; parten del supuesto de que sólo ellos tienen el secreto para redimir a los demás de su infortunio, arrogándose el derecho de utilizar la violencia para el programa de “salvación”.

Esta gente entiende la política como una religión y por eso parecen miembros de una secta de creyentes. Bajo la inspiración de un dogma, pontifican sobre todo porque creen poseer la receta simple para resolver problemas complejos

La tolerancia es el antídoto contra el fanatismo. “Me gusta que haya cosas que no me gusten”, así define esta actitud ética el filósofo español Fernando Savater. Y que recuerda aquella observación de Voltaire, que dijo: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

La tolerancia es un valor en el marco de una sociedad plural, donde rige el politeísmo ideológico, de conformación poliédrica (donde ninguna posición lo abarca todo) y donde la diversidad es la nota distintiva.

“En el mundo no hay dos opiniones iguales, como tampoco hay dos semillas o dos cabellos iguales. La cualidad más universal es la diversidad”, escribió al respecto Michel de Montaigne, advirtiendo sobre la insensatez de querer uniformar la mente de las personas.

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