La nueva espiritualidad alternativa entre nosotros
En un mundo secularizado, y en el marco de la civilización científico-técnica, crece paradógicamente en algunos sectores sociales una religiosidad emparentada con el orientalismo.Buenos Aires de pronto se ha visto invadida en estos días por los nuevos gurúes de la creencia que algunos asimilan a la Nueva Era (New Age), un nuevo sincretismo religioso que tiene inocultable filiación con la teología de origen oriental.Es factible rastrear allí la creencia ancestral en el panteísmo cósmico, en la reencarnación o la idea budista de que es posible llegar al éxtasis o Nirvana, vinculado a técnicas de control mental y de ejercicios que dan bienestar al cuerpo.La feligresía del orientalismo New Age crecería, entre otras razones, porque los valores religiosos tradicionales han perdido su fuerza de convicción y su carácter de seguridad. Y porque lo religioso, en Occidente, también sufriría un proceso de "des-institucionalización".Sri Sri Ravi Shankar, Nah-Kin, René Mey y Dadi Janki, entre otros, con sus prácticas de meditación, sus consejos alimentarios y cierto tipo de música, concitan fidelidades en gente que procura "paz interior" en medio de sociedades atravesadas por el estrés y la violencia.Al comparar este mensaje con la religión cristiana occidental (en sus variantes católica y protestante), el periodista Ricardo Roa considera que el orientalismo es propiamente una "estrategia de vida", en el cual "Dios no es el epicentro sino uno mismo".Estas creencias importadas de Oriente, según la especialista Violeta Gorodischer, "combinan pensamiento positivo, cuidado del cuerpo, alimentación responsable, y ecología, bajo la forma de una silenciosa revolución cultural".Más allá de la interpretación que se dé a esta nueva espiritualidad -de la valuación que nos merezca su contenido-, cabría sostener que dibuja un cuadro en el cual se ve una expansión de la sed religiosa en un contexto de secularismo.Es decir, se estaría frente a un síntoma de que el hombre, en un contexto cultural que rechaza lo religioso por superstición, y desaloja a Dios de la vida, busca de todos modos siempre algo más.La vuelta al mundo interior, la necesidad de una trascendencia, el afán de obtener respuestas que calmen los interrogantes asociados al sentido de la vida, son aspectos que delatan una insuficiencia de la modernidad.¿Cómo es posible que en el mundo de la razón fría, en el de la ordenación racionalista de la vida, donde la ciencia ocupa un lugar privilegiado, crezcan expresiones asociados al misticismo?Distintos observadores de la cultura Occidental hace tiempo han captado esta doble contabilidad: al lado de la hegemonía de la razón, estalla como fenómeno compensatorio la búsqueda de algo más en clave espiritual.Para algunos se trata de la revancha del sentimiento religioso innato en el hombre, que vuelve siempre, en múltiples manifestaciones, frente al predominio de la interpretación científica de la vida.Se estaría, así, ante la gran paradoja del racionalismo: cuanto más unilaterales y desmedidos son sus postulados y creaciones (como los artefactos técnicos), más crece la sed de religiosidad.El proyecto racionalista de perfeccionamiento totalitario del mundo tiene límites en el propio hombre, que sufre ante la pérdida de la dimensión sagrada y simbólica.Esto lo vio a comienzos del siglo XX el sociólogo Max Weber, para quien la sociedad burguesa había matado la dimensión poética-filosófica-religiosa, herencia de otros tiempos.Weber hablaba de un mundo desencantado donde era posible añorar a los dioses caídos.
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