Opinion |

La otra Juana, la loca. La de acá

Habían pasado apenas 3 años de la Declaración de la independencia y el país, que aún era un esbozo de país que se debatía entre la libertad y la colonia, la vio nacer en la Buenos Aires punzó de Rosas.

Luis Castillo*

Nació mujer y la llamaron Juana. Ya de niña conoció el exilio y —adolescente aún—, en el sur del sur, donde se planteaba la disyuntiva entre civilización o barbarie, comenzó a entender que ese mundo en disputa era un mundo de hombres. Su padre era ingeniero y había llegado desde España para construir puentes y canales —casi una metáfora de lo que ella heredaría de ese libertario— y comenzó a estudiar en una escuela para niñas del modo en que se enseñaba a las niñas en aquel momento. No llama la atención entonces la paradoja que, mientras era sancionada por no recitar el alfabeto de memoria, a los 14 años, ya había traducido dos libros desde el francés.

Juana Manso, que de ella estamos hablando, siempre prefirió participar en reuniones con escritores amigos de su padre en lugar de practicar bordado en las habitaciones, o aprender las lecciones para ser buena esposa y buena madre o, en el mejor de los casos, cuando de una familia adinerada se trataba, practicando en el piano para impresionar a las visitas en las tertulias.

Como a la mayoría de los opositores, Rosas confiscó todos los bienes de la familia y debieron emigrar a Montevideo en donde Juana, a los 22 años, en una habitación de su casa a la que denominó el "Ateneo de Señoritas" daba clases de español y francés a niñas de clase acomodada de Montevideo mientras ensayaba nuevas modalidades pedagógicas en un todo diferentes a las que habían utilizado con ella. También empezó por esos tiempos su labor como periodista. Entre 1852 y 1854 dirigió en Brasil O Journal das Senhoras, el primer periódico de Latinoamérica destinado al público femenino, experiencia que luego replicó en Buenos Aires con su Álbum de Señoritas, audaz periódico en cuyo primer editorial escribe: "Todos mis esfuerzos serán consagrados á la ilustración de mis compatriotas, y tenderán a un único propósito: emanciparlas de las preocupaciones torpes y añejas que les prohibían hasta hoy hacer uso de su inteligencia, enajenado su libertad y hasta su conciencia a autoridades arbitrarias en oposición a la naturaleza misma de las cosas. Quiero, y he de probar que la inteligencia de la mujer, lejos de ser un absurdo, o un defecto, un crimen, o un desatino, es su mejor adorno, es la verdadera fuente de su virtud y de la felicidad doméstica porque Dios no es contradictorio en sus obras, y cuando formó el alma humana, no le dio sexo, la hizo igual en su esencia, y la adornó de facultades idénticas. Si soy tan feliz que consigo la protección de mis compatriotas, devolveré un plan de estudios que creo a propósito para mi objetivo. Conocimientos fáciles de adquirir que estuvieron hasta hoy en el recinto del misterio y en el dominio exclusivo de los hombres y que publicados en este periódico harán más por el desenvolvimiento de la inteligencia de millares de reflexiones y de palabras".

Naturalmente, el periódico no duró mucho tiempo, la falta de auspiciantes y el boicot por parte de quienes veían avasallados sus dominios hizo que el proyecto fuera fugaz. Sin embargo, pocos años más tarde, en 1859 su amigo, el escritor José Mármol, quien reconocía su talento y convicción, le presentó a Domingo Faustino Sarmiento, quien más tarde la nombró directora de la Escuela Normal Mixta N° 1, no casualmente la primera escuela en la que ambos sexos compartían las aulas. Todo un escándalo, claro. Tanto desde ese lugar como desde las páginas de la revista Anales de la Educación Común, pregonó la importancia de la educación popular, la creación de jardines de infantes, la profesionalización de la tarea docente y la difusión de sus ideas republicanas. Recordemos que estamos hablando de 1865, mientras se aprobaba por ley contratar un empréstito externo por 12.000.000 de pesos fuertes (el equivalentes a 2.500.000 libras esterlinas) que iban a utilizarse nada menos que para la fratricida guerra contra el Paraguay; guerra que, según anunciaba Mitre estarían: “en tres días en los cuarteles, en tres semanas en el campo de batalla y en tres meses en la Asunción”, la guerra de la triple alianza duró, recordemos, 5 años. Sarmiento delega su cargo a Juana Manso para ocuparse de la política ya que, esta mujer: “considera que la educación debe ser popular, obligatoria, gratuita e igualitaria, con tolerancia religiosa y un lugar destacado para la mujer en la docencia.” Entre tantas diatribas contra el orden establecido, se atrevió a asegurar que “la desigualdad se remedia con educación para todos”; con ese mismo énfasis, criticó a los gobiernos por no invertir en educación y reclamó derechos para la mujer y los niños, además de exigir libertad religiosa, matrimonio civil y protección para los pueblos originarios.

Un opaco 11 de septiembre, día del maestro, acaba de ser una fecha más en este extraño calendario pandémico, un año más en que la desmemoria se ocupa de que nadie sepa de esa mujer, de Juana Manso, Juana, la loca, la que desde hace 150 años viene preguntando y preguntándonos: “¿y nosotros los Argentinos, con una Ciudad Estado por toda representación nacional, Ciudad que es en su mayor parte un agregado de colonias Europeas… y con escuelas buenas solo para perpetuar la ignorancia, adónde vamos?”.

No sé usted; yo, no sabría qué responderle.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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